El avión aterrizó en el aeropuerto de Ciudad Solsticio ya entrada la tarde.
Nadie supo decir en qué momento comenzó a nevar otra vez en Ciudad Solsticio. Apenas salieron del aeropuerto, todo el camino se veía cubierto por un manto blanco que lo transformaba todo en un paisaje casi irreal.
Candela Salinas y Fidel Arroyo caminaron juntos hacia la salida, donde un chofer se acercó para tomar sus maletas.
Candela frunció el ceño.
—No es necesario, yo me voy a mi casa.
Sin dudarlo, jaló su maleta hacia ella y se giró para marcharse en dirección contraria.
Sin embargo, Fidel puso una mano firme sobre la maleta, impidiéndole avanzar.
Los hombres siempre tenían más fuerza que las mujeres, y Fidel solo necesitó un pequeño esfuerzo para recuperar la maleta.
Con la otra mano, la rodeó por la cintura, acercándola hacia él con un gesto seguro que no dejaba lugar a dudas.
Se inclinó hacia su oído, hablando con una voz tan baja que solo ellos dos podían escuchar.
—Te lo prometí y cumplí mi palabra. Ahora te toca a ti cumplir lo que dijiste.
Solo entonces Candela notó que el chofer que venía por Fidel no era Baltasar, el que trabajaba en las Residencias Monarca.
A todas luces, era un carro enviado por el Grupo Arroyo.
Fidel ya había abierto la puerta del carro.
Para cualquiera que los observara, la imagen era la de un esposo atento y caballeroso cuidando de su esposa.
Candela echó un vistazo rápido a los alrededores del estacionamiento, y sí, en una esquina distinguió claramente una cámara de vigilancia.
Lanzó una mirada burlona a Fidel, soltando una frase cargada de ironía.
—Fidel, con ese talento para fingir deberías estar en la tele. Es una lástima que no hayas probado suerte en el mundo del espectáculo.
Fidel ni se inmutó ante el comentario.
Subió al carro tras Candela y, de paso, cerró la puerta con naturalidad.
El carro arrancó despacio y se alejó del aeropuerto. Durante el trayecto, Fidel atendió varias llamadas.
Al fin, cuando colgó la última, el silencio llenó la cabina.

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