Un paseo por el parque es solo un sueño; cuando despiertas, la gente se dispersa y todo queda vacío.
La mujer frente al espejo seguía siendo la Sra. Liliana.
Treinta años habían pasado. ¿Cómo podría volver a ser quien era antes?
Se quitó el vestuario de escena, con los ojos llenos de lágrimas resplandecientes.
Candela, sorprendida, detuvo el movimiento de su mamá.
—¿Qué pasa, mamá?
Liliana forzó una sonrisa.
—Gracias, hija, pero esto...
Liliana recorrió con la mirada toda la habitación, y en sus ojos se mezclaban nostalgia, apego y un dejo de dolor.
—Todo esto ya no es para mí. Ahora, lo único que quiero es que seas feliz, que tu hermano triunfe en su trabajo y que tu papá tenga salud.
Candela nunca imaginó cuánto había desgastado a su madre esos treinta años de vida como ama de casa.
Mamá llevaba mucho tiempo sin pisar un escenario.
Hoy, para ella, todo había sido un sueño fugaz; al despertar, debía regresar a su vida cotidiana.
Volvería a ser esa mujer de la que su esposo decía que "no entiende nada", la Sra. Liliana de siempre.
—Mamá...
Candela se agachó frente a su madre, mirándola a los ojos.
—No tienes que seguir pensando solo en nosotros. Mi hermano y yo ya crecimos, podemos encargarnos de nuestras cosas.
Vaciló un momento antes de continuar, mordiéndose los labios, pero decidió no decir la verdad sobre su padre en ese instante.
—Y papá... tampoco es todo en tu vida.
Sacó su celular y buscó el contrato de renta que tenía guardado.
—Mire, este es el regalo que mi hermano y yo le preparamos: el Centro de Arte Mariachi. De ahora en adelante, puedes enseñarles a los niños a cantar mariachi aquí. ¿Qué te parece?
La mirada de Candela buscaba ansiosa una sonrisa en el rostro de su madre.
Liliana tomó el celular y se quedó mirando el contrato.
Jamás imaginó que, algún día, volvería a trabajar en el mundo del mariachi.
Pensó que nunca más en su vida volvería a cantar.
—¿Yo... podría hacerlo?

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