Ella entró al cuarto y se acercó a su madre, que estaba sentada en silencio.
—Mamá…
Candela abrazó los hombros de su madre, transmitiéndole un consuelo silencioso y profundo.
Liliana le dio unas palmaditas cariñosas, indicándole que no se preocupara.
Candela sabía perfectamente lo que pasaba por la mente de su mamá. Todo lo que su madre estaba viviendo ahora, ella ya lo había experimentado antes.
Sabía que, en ese momento, lo que más necesitaba su madre no eran palabras de consuelo, sino una oportunidad para recordar su propio valor.
—Mamá, te preparé una sorpresa.
Diciendo esto, tomó la mano de su madre y la condujo hacia fuera de la habitación.
—¿A dónde me llevas? —preguntó Liliana, aunque no se resistió y dejó que su hija la guiara.
Candela llevó a su madre hasta el tercer piso.
Al llegar frente a una puerta, Candela se colocó detrás de Liliana y le cubrió los ojos con las manos.
—Mamá, ¿lista?
Liliana sonrió, divertida.
—¿Qué sorpresa me tienes, hija?
Con una mano, Candela abrió la puerta.
—Ya verás, mamá.
Apartó la mano de los ojos de su madre y encendió la luz del cuarto.
El destello repentino hizo que Liliana parpadeara, desconcertada. Pero cuando sus ojos se acostumbraron y vio el contenido del cuarto, se quedó petrificada.
—¿Esto es…?
Recorrió el lugar con la mirada. Por todas partes había trajes típicos de sus antiguas presentaciones, cuidadosamente colgados. En las paredes, decenas de fotografías de sus giras llenaban el ambiente de recuerdos.
Al ver aquellas fotos, Liliana sintió que volvía a ser la joven que cantaba “Sueño Sorprendente” en el escenario, vibrando con cada nota.
Sin poder evitarlo, empezó a tararear suavemente:

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