Fidel observó a Candela con esa expresión tan cargada de sentimientos y arrugó un poco la frente.
Él sabía perfectamente que Candela había escuchado lo que Horacio le había dicho hace un momento.
Y además, viendo su actitud, estaba seguro de que ella lo había malinterpretado.
Fidel dejó que su mirada se suavizara y le mostró una sonrisa tranquila.
—Hace frío afuera, si tienes algo que decirme, puedes decírmelo aquí. No hace falta que salgas tú sola.
Candela aprovechó el movimiento de levantarse para esquivar la mano que Fidel le tendía.
—Mamá, ¿ya podemos cenar? Tengo hambre.
Liliana, al parecer, no notó la tensión entre su hija y su yerno. Sonriendo, invitó a todos a pasar al comedor para la cena.
...
En la mesa.
Horacio se mostraba increíblemente atento con Fidel, tanto que si uno no supiera quién era el suegro y quién el yerno, podría confundirse fácilmente.
De repente, en el plato de Candela apareció un trozo de costilla agridulce. Fidel le comentó:
—¿No es este tu platillo favorito? Siempre dices que las personas que trabajan en casa no lo preparan como te gusta. Al rato iré a preguntar cómo lo hicieron hoy, para ver si es del sabor que prefieres.
Mientras hablaba, Fidel le puso otras dos piezas en su plato.
Liliana observaba la escena y una alegría discreta le iluminó el corazón.
La última vez, en Ciudad Solsticio, su hija le había salido con que quería divorciarse, y eso la había dejado angustiada.
Pero ahora, viendo que Candela y Fidel se llevaban tan bien, por fin pudo sentirse tranquila.
Aunque…
—Fidel, ¿qué te pasó en la mano?
Antes no lo había notado, pero ahora que Fidel se inclinó para servir la comida, las marcas en el dorso de su mano saltaron a la vista bajo la luz.
Fidel, sin darle importancia, colocó un poco de pescado sin espinas en el plato de Candela y respondió:
—Me raspé sin querer, no es nada.
Cualquiera que viera esas marcas sabría que eran arañazos, y aunque nadie creyó su explicación, tampoco quisieron decir nada.
Quizá, pensó Liliana, eran cosas de pareja joven.
Liliana miró a su hija con una mezcla de reproche y ternura, y sólo dijo:
—Fidel tiene mucha paciencia contigo, ya te malacostumbró.
A un lado, Horacio le peló unos camarones a su esposa y añadió:
—Así debe ser, uno se casa para consentir a su mujer.

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