—¿Dónde está Raúl?
Después de escuchar toda esa sarta de tonterías por parte de Fidel, Candela solo lanzó esa pregunta.
Tal como lo esperaba, en cuanto terminó de hablar, la cara de Fidel se transformó.
Sin embargo, no reaccionó como Candela pensó; no fue como la vez anterior, cuando explotó de ira.
En cambio, dejó el vaso que tenía en la mano sobre la mesa al lado, y en un parpadeo, su expresión ya era serena.
—El doctor ya lo revisó. No tiene nada grave, solo heridas superficiales.
—¿Nada grave?
Candela repitió la frase de Fidel, sin poder creer lo que escuchaba.
Levantó la mirada, y con una frialdad cortante, lo fulminó con los ojos.
—¡Lo dejaste tan lastimado y todavía tienes el descaro de decir que “no es nada grave”! ¿Entonces, para ti, qué sí sería grave?
La última frase la gritó con toda la fuerza que le quedaba.
Ya estaba harta, ¡de verdad harta!
¿Acaso había hecho algo malo para merecer todo eso?
Aunque se hubiera enamorado de Fidel y se hubiera casado con él por error, ¿esos cinco años de matrimonio no habían sido ya suficiente castigo?
Solo quería poner distancia entre ellos.
¿Por qué tenía que ser tan difícil?
Sentía que estaba a punto de desmoronarse.
Fidel no se perdió ni un detalle del estallido de Candela.
Sus ojos se endurecieron por un instante; luego, fue hasta el clóset y abrió la puerta.
—Llovió en Nueva Arcadia. Te preparé ropa para cuando salgamos. Ve a arreglarte.
Candela lo miró, sentía cómo la rabia le quemaba el pecho, creciendo más y más, al borde de hacerla perder la cabeza.
Después de todo lo que había pasado entre ellos, ¿cómo podía seguir tan tranquilo, como si nada?
—¡Fidel! ¡¿Qué demonios quieres de mí?!
Candela le gritó de espaldas, con la voz quebrada.
Nunca había sido alguien que perdiera el control tan fácil, pero Fidel la estaba llevando al límite.
Fidel sacó del clóset un suéter de cuello alto, y con toda la calma del mundo, respondió:
—Ponte este. Así se te cubren las marcas en el cuello. Si no, tu mamá se va a preocupar.

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