En ese momento, se escuchó ruido proveniente del baño.
—Sí, ya lo sé, vamos para allá ahora mismo.
¡Era Fidel!
Apenas Candela se había relajado un poco, cuando su cuerpo volvió a tensarse.
La puerta del baño se abrió y Fidel salió de ahí.
Al levantar la vista, se topó de lleno con los ojos aterrorizados de Candela.
Al ver esa expresión en ella, Fidel sintió como si algo le atravesara el pecho.
Desvió la mirada y se acercó a Candela.
Aún tenía el celular en la mano y, hablando hacia el aparato, dijo:
—Ya despertó, le paso el teléfono para que hable con usted.
Sin más, Fidel extendió el celular hacia Candela, su cara serena, casi dulce, como si lo de ayer no hubiera pasado, como si todo hubiese sido solo una pesadilla de Candela.
Pero el dolor en su cuello le recordaba que ese Fidel, el que tenía delante, era una mentira.
Candela no quería responder, giró la cabeza, pero de repente escuchó la voz de su mamá en el auricular.
—Candela, acabo de bajar del avión, Fidel me dijo que están en Nueva Arcadia. Al rato regresen a casa, le pedí a la muchacha que te prepare tu comida favorita.
Esta vez te traje muchos regalos de Nueva Zelanda, sé que te van a gustar.
Candela, aunque no quisiera, no podía ignorar a su mamá.
Tomó el celular.
—¡Mamá!
Apenas habló, tanto ella como Fidel se notaron incómodos.
Su voz sonaba tan ronca que apenas se reconocía; seguro se lastimó la garganta ayer.
Al otro lado, Liliana también notó algo raro.
—¿Qué te pasa, Candela? ¿Te resfriaste?
Candela no quería preocupar a su mamá.
—Sí, creo que me dio gripe. Estos días no ha parado de llover en Nueva Arcadia.
Tú estuviste muchas horas en el avión, seguro vienes cansadísima, mejor descansa en casa.

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