Murad permaneció inmóvil.
Su presencia imponía respeto.
Había una autoridad natural en él.
Una fuerza silenciosa que llenaba todo el lugar.
Hasret lo observó sin apartar la mirada.
No sabía qué sentir.
Aquel hombre era aterrador cuando se enfadaba.
Pero también era el mismo que había limpiado sus lágrimas unos minutos antes.
¿Debía tenerle miedo?
¿O sentirse completamente segura a su lado?
Murad finalmente habló.
—Lo pensaré.
Su voz recuperó cierta calma.
—Venga conmigo.
Hablaremos como hombres.
Luego dirigió una última mirada hacia Tariq.
Sus ojos se endurecieron.
—Pero escúcheme bien. Si su hijo vuelve a maltratar a una mujer... Y especialmente si vuelve a acercarse a Hasret... Su familia desaparecerá.
No dejó espacio para dudas.
No era una amenaza vacía.
Era una promesa.
El señor Al-Dafari bajó inmediatamente la cabeza.
Después miró a Tariq con una dureza que nunca había mostrado.
—Has avergonzado a nuestra familia.
Respiró profundamente.
Luego dio una orden a uno de los guardaespaldas que acababa de llegar.
—Lleven inmediatamente a Hasret a la residencia Al-Dafari.
Quédate vigilándola.
No permitas que nadie la moleste.
—Sí, señor.
El guardia hizo una reverencia.
Hasret siguió al hombre.
Mientras caminaba, sintió la mirada de Tariq clavada en su espalda.
Él observó cómo se alejaba.
La rabia lo consumía.
No entendía cómo todo había cambiado tan deprisa.
Siempre creyó que Hasret permanecería esperando por él.
Y ahora...
Otro hombre la protegía.
Otro hombre estaba dispuesto a enfrentarse al mundo por ella.
Aquello era insoportable.
***
Cuando Hasret regresó a la residencia Al-Dafari, caminó directamente hacia la pequeña habitación que había ocupado durante años.
Era un cuarto sencillo, ubicado junto al área de servicio.
Una cama estrecha. Un armario antiguo. Una pequeña ventana.
Toda su vida había cabido en aquel lugar.
Se dejó caer sobre la cama.
Su mente no dejaba de pensar.
"Debo irme." "No puedo seguir aquí."
"Tariq no se rendirá."
Estaba intentando reunir el valor para escapar cuando la puerta se abrió violentamente.
Hasret se levantó de inmediato.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Tariq entró.
Cerró la puerta de un golpe.
Ella retrocedió.
Él caminó directamente hacia ella.
No había razón en sus ojos. Solo obsesión.
Antes de que pudiera escapar, la sujetó del cuello.
La empujó contra la cama.
—¡Hasret!
Su voz estaba llena de furia.
—¿Cómo pudiste estar con él?
Ella intentó apartarlo.
—¡Suéltame!
Pero Tariq aumentó la fuerza de su agarre.
—Ahora también serás mía, no dejaré que solo él te pueda tener.
—¡No!
Hasret luchó desesperadamente.
Intentó empujarlo. Golpearlo.
Pero él era mucho más fuerte.
Entonces...
La puerta volvió a abrirse.
—¡Hermano!
Era la hermana de Tariq.
Entró apresuradamente. Su rostro reflejaba preocupación.
—Señor...
El anciano sonrió con cansancio.
—A partir de hoy...
Hizo una breve pausa.
—Eres legalmente mi hija.
Hasret abrió los ojos completamente.
Creyó haber escuchado mal.
Él continuó.
—Ya inicié todos los trámites de adopción.
Desde este momento perteneces oficialmente a la familia Al-Dafari.
Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Hasret.
El anciano sonrió.
—Dentro de una semana te casarás con el heredero de la familia Al-Sabah.
Hasret llevó una mano a su boca.
No podía creerlo.
—No sé cómo lograste conquistar a ese muchacho...
Confesó el anciano con una pequeña risa.
—Y tampoco me interesa. Lo único que sé... Es que Alá te ha regalado una oportunidad que pocas mujeres reciben.
Su voz se volvió más seria.
—No la desperdicies. Marcharte con Murad será lo mejor que pueda ocurrirte.
Miró hacia una ventana.
—Y hazlo antes de que Tariq regrese. Olvídate de mi hijo. Él nunca supo valorar lo que tenía. Murad sí.
Hasret apenas podía contener el llanto.
—¿De verdad... puedo casarme con él?
El anciano asintió.
—Mi hijo nunca te amó. Pero Murad sí lo hace. No seas tonta. Ve con él. Sé feliz. Y si algún día recuerdas a este viejo... Solo reza por mí.
Hasret cayó de rodillas.
Con profundo respeto tomó la mano del anciano y besó su dorso.
Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.
Cuando salió de la habitación, una suave brisa acarició su rostro.
Miró hacia el cielo.
Una única lágrima descendió lentamente.
Y mientras apretaba una mano contra su pecho, una pregunta volvió a nacer en su corazón.
"Él no estaba fingiendo..."
"De verdad quiere que sea su esposa..."
Su respiración tembló.
"¿Será posible..."
"Que alguien realmente pueda amarme de esa manera?"

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...