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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 255

—¡No, padre! ¡Eso no! —gritó Adnan con desesperación desde el interior de la celda, aferrándose a los barrotes con tanta fuerza que los nudillos se le tornaron blancos—. Si permites que me arrebaten mi título, también destruirás el amor de mi madre. Ella siempre soñó con verme convertido en el próximo Emir de Furayia. ¡Ese era su último deseo! ¿Vas a traicionarla también? No dejes que ellos se casen.

Hamdan permaneció inmóvil al otro lado de las rejas.

Aquellas palabras atravesaron su corazón.

Por un instante, la imagen de su primera esposa apareció en su mente.

Recordó la noche en que ella, agonizante, le tomó la mano y le suplicó que protegiera a su hijo, que jamás permitiera que le faltara nada y que lo guiara hasta el trono.

Durante años había vivido aferrado a esa promesa.

Quizá demasiado.

Bajó lentamente la cabeza.

—Lo siento, hijo… —murmuró con la voz quebrada—. Ya no puedo hacer nada por ti.

Adnan abrió los ojos con horror.

—¡No! ¡Padre! ¡No me abandones! ¡Padre!

Hamdan dio media vuelta.

Los gritos de su hijo continuaron resonando por las mazmorras mientras él se alejaba lentamente.

Cuando salió al patio del palacio, el aire cálido del desierto golpeó su rostro. Se detuvo bajo la sombra de una palmera y cerró los ojos.

—¿De verdad… me equivoqué tanto?

Recordó la mirada llena de decepción de su esposa.

Las palabras de Zayn.

"Ojalá nunca hubiera nacido, porque jamás pudiste amarme."

Sintió un dolor insoportable.

Había pasado toda una vida creyendo que protegía a un hijo.

Pero, al hacerlo, había abandonado al otro.

Y ahora ambos estaban destrozados por decisiones que solo él había tomado.

***

Cinco días después llegó el Katb Al-Kitab.

El Majlis privado del Palacio Al Qasimi en Dubái lucía más imponente que nunca.

Los enormes muros de mármol blanco estaban decorados con delicadas inscripciones del Corán talladas en oro, mientras inmensos candelabros de cristal iluminaban el salón con una luz cálida y solemne.

El aroma del oud puro impregnaba cada rincón, mezclándose con el incienso de ámbar y rosas de Damasco, reservado únicamente para las ceremonias de la familia gobernante.

En aquel salón se encontraba reunido el poder de dos de las familias más influyentes del Golfo.

En uno de los extremos presidía la reunión el Emir Rashid Al Qasimi, vestido con su bisht negro bordado con hilos de oro. Su expresión seguía siendo severa, pero en sus ojos había una paz que no había sentido en mucho tiempo.

A su derecha se encontraba Hamdan.

Su rostro reflejaba un cansancio imposible de ocultar.

Durante años había conspirado para que aquel matrimonio perteneciera a Adnan. Creía que unir a los Al Qasimi con los Al-Sabah garantizaría para siempre el Emirato de Furayia a su primogénito.

Ahora observaba cómo ese mismo compromiso regresaba a las manos del hijo al que había relegado durante toda su vida.

Sintió un amargo nudo en la garganta.

"Durante tantos años creí que Adnan era el único digno..."

Miró a Zayn.

"¿Y si el heredero correcto siempre estuvo delante de mis ojos?"

La culpa comenzó a devorarlo lentamente.

Frente al Mazoon permanecía de pie Zayn Al Qasimi.

Vestía una impecable kandura blanca y un bisht color marfil reservado para los miembros directos de la familia gobernante.

Su postura era firme. Serena. Segura.

No había una sola duda en su rostro.

A pocos metros se encontraba Omar Al-Sabah acompañado por su hijo Murad y los hombres de su familia.

El ambiente seguía siendo solemne.

Aunque el escándalo provocado por Adnan aún era reciente, todos comprendían que aquella ceremonia representaba el inicio de una nueva etapa.

El Mazoon abrió el contrato matrimonial.

—Jeque Zayn Al Qasimi —pronunció con solemnidad—. Conforme a la Sharia y a las leyes, debemos ratificar el acuerdo del mahr antes de proceder con la firma.

El anciano leyó el documento.

—El contrato establece como dote una isla privada en Palm Jumeirah, el Palacio de Verano Al Qasimi en Furayia, el juego de diamantes heredado por la familia real y el broche de oro y rubíes de las jequesas de Furayia, además de la suma de dos millones de dólares estadounidenses.

El clérigo levantó la vista.

—¿Confirma usted estas condiciones?

Zayn dio un paso al frente. Miró primero a Omar. Después al Emir.

Finalmente, sus ojos se detuvieron sobre Hamdan.

Su voz sonó firme.

El Mazoon, colocó el pañuelo blanco sobre las manos derechas de Zayn y de Omar Al Sabah, quienes unieron sus pulgares firmemente completando el ritual.

Mientras tanto, en la sala reservada para las mujeres, Fahriye permanecía sentada frente al contrato matrimonial.

Sus manos temblaban.

Alya sostenía una de ellas con cariño, mientras Samyra acariciaba suavemente su espalda.

Fahriye contempló durante unos segundos el espacio destinado para su firma.

Dos años atrás había llorado en silencio cuando su compromiso con Zayn fue cancelado sin explicación.

Jamás imaginó que el destino los reuniría nuevamente de aquella forma.

Tomó la pluma. Una pequeña lágrima resbaló por su mejilla.

No era de tristeza. Era el peso de todo lo vivido.

Con mano firme escribió lentamente su nombre.

Fahriye Al-Sabah.

Después cerró los ojos.

"Pensé que sería la esposa de otro, pero… Alà, tal vez, Zayn siempre fue mi destino."

Minutos más tarde el asistente regresó al Majlis llevando el contrato.

El Mazoon comprobó ambas firmas, estampó el sello oficial del Emirato y sonrió con solemnidad.

—Felicidades, jeque Zayn Al Qasimi. Ante Alá y conforme a la ley, Fahriye Al-Sabah es desde este momento su legítima esposa.

Omar se levantó y estrechó la mano de Zayn.

Ya no como un simple acuerdo entre familias.

Sino como un padre que entregaba a su hija al hombre que había decidido protegerla incluso antes de convertirse en su esposo.

Zayn recibió el documento con manos firmes.

Sus ojos permanecieron unos segundos sobre la firma de Fahriye.

Después una leve sonrisa apareció en su rostro.

Durante años la había amado en silencio.

Durante años creyó que nunca podría llamarla suya.

Y ahora, por fin, ante Dios y ante el mundo entero, Fahriye era su esposa.

No era un sueño imposible.

Era la mujer que, quizá desde el principio, Alá había destinado para caminar a su lado.

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