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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 228

Aquel mismo día, Omar condujo hasta la antigua casa de la familia Sahamsi.

El trayecto transcurrió en completo silencio.

Mientras avanzaba por las estrechas calles, recordó la primera vez que había cruzado aquella puerta. En ese entonces, la familia de Mohamed gozaba de estabilidad, respeto y una posición acomodada. Ahora, la realidad era completamente distinta.

La fachada lucía deteriorada.

La pintura de las paredes se desprendía poco a poco y el jardín, antes impecable, estaba cubierto de maleza. Las ventanas mostraban cortinas desgastadas y el portón chirrió al abrirse, como si hasta la casa hubiera envejecido junto con sus habitantes.

Omar respiró hondo antes de tocar la puerta.

Fue la madre de Mohamed quien abrió.

Al verlo, sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Omar...? No esperaba verte.

Él hizo una leve inclinación de cabeza en señal de respeto.

—Buenos días, señora. Necesito hablar con Nayla.

La mujer palideció.

Había algo en la expresión de Omar que nunca había visto.

No había compasión. No había culpa.

Solo una calma fría que resultaba mucho más intimidante.

—Está... arriba.

Antes de que pudiera llamarla, una voz resonó desde la escalera.

—¿Omar?

Nayla apareció con una enorme sonrisa.

Sus ojos brillaron de esperanza.

Bajó los escalones apresuradamente y caminó hacia él.

—¡Sabía que vendrías!

Intentó tomar su brazo, pero Omar dio un paso atrás.

Aquel pequeño gesto hizo desaparecer parte de su sonrisa.

La señora Sahamsi percibió la tensión y, en silencio, se retiró hacia la cocina, dejándolos solos.

Nayla respiró profundamente.

En cuestión de segundos, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Omar... estoy desesperada.

Comenzó a llorar con aparente sinceridad.

—No sabes todo lo que he sufrido desde que Mohamed está en prision. No tengo dinero, nadie me ayuda y debo sacar adelante a mi hijo. Tú prometiste cuidar de mí. Se lo prometiste a mi madre.

Omar permaneció inmóvil.

Durante años, esas palabras habrían bastado para doblegarlo. Pero ya no.

La observó fijamente.

Era como si estuviera viendo a una desconocida.

La mujer vulnerable que creyó conocer había desaparecido hacía mucho tiempo.

Frente a él solo estaba una persona consumida por la ambición.

—Escuché lo que le dijiste a Nassira.

El llanto de Nayla cesó de inmediato.

Por un instante, ambos guardaron silencio.

Ella comprendió que ya no podía fingir.

—Entonces ya lo sabes.

—Lo sé todo.

Omar bajó la mirada unos segundos.

Recordó la promesa que le había hecho a la madre de Nayla años atrás.

Aquellas palabras pesaban sobre él desde entonces.

Sin embargo, también comprendía otra verdad.

Había confundido ayudar con permitir. Había confundido la compasión con la debilidad.

Respiró profundamente antes de hablar.

—Cumplí la promesa que hice a tu madre. Te protegí. Te apoyé cuando más lo necesitabas. Estuve presente una y otra vez. Pero ayudar a alguien no significa permitir que destruya su propia vida ni la de los demás.

Levantó nuevamente la vista.

—Seguir encubriendo tus actos sería traicionar todo aquello que prometí.

Nayla dejó de llorar. Su expresión cambió por completo.

Toda la dulzura desapareció. Fue sustituida por una mirada fría y llena de resentimiento.

Se incorporó lentamente.

—Entonces no me dejas otra opción.

Lo miró fijamente.

—Quiero cinco millones de dólares. Para ti no representan absolutamente nada. Entrégamelos y podrás llevarte al niño. Nadie volverá a verme.

Omar sintió un profundo rechazo.

Ella retrocedió instintivamente.

—¿Qué... qué ocurre?

El oficial mostró una orden judicial.

—Queda detenida por su presunta participación en un intento de tráfico de menores y por ofrecer ilegalmente la custodia de un niño a cambio de dinero.

El rostro de Nayla perdió todo el color.

Intentó cerrar la puerta. Los agentes la detuvieron de inmediato.

En ese momento vio a Omar de pie unos metros más atrás.

Comprendió inmediatamente quién había denunciado lo ocurrido.

Sus ojos se llenaron de odio.

—¡Traidor! ¡Me prometiste que nunca me abandonarías! ¡Le fallaste a mi madre! ¡Eres un miserable! ¡Alá te castigará por esto! ¡Arderás en el infierno!

Los gritos resonaron por toda la calle. Los vecinos comenzaron a salir de sus casas.

Nadie intervino.

La señora Sahamsi apareció llorando con el bebé en brazos.

—¡Por favor! ¡No hagan esto!

Las lágrimas corrían por su rostro.

Miró a su nuera con un dolor imposible de describir.

—¿Cómo pudiste llegar tan lejos, Nayla?

La joven rompió a llorar, pero ya era demasiado tarde.

Los agentes colocaron las esposas en sus muñecas y la condujeron hacia la patrulla.

El bebé comenzó a llorar, asustado por el alboroto.

Su abuela lo abrazó con fuerza, intentando tranquilizarlo mientras también lloraba desconsoladamente.

Uno de los trabajadores del servicio de protección infantil se acercó con delicadeza para hacerse cargo temporalmente del pequeño, siguiendo el procedimiento legal mientras se resolvía su situación.

Omar observó la escena con el corazón oprimido.

No sentía satisfacción. Tampoco alegría.

Solo una profunda tristeza por todo lo que aquella familia había perdido.

Sin embargo, mientras veía alejarse la patrulla, comprendió que había tomado la única decisión posible.

Durante demasiado tiempo permitió que la culpa guiara sus actos. Ese día, por primera vez, eligió hacer lo correcto.

Y aunque hacerlo le doliera, estaba convencido de que ningún niño debía crecer convertido en la mercancía de alguien que había olvidado el verdadero significado del amor.

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