En el hospital
El automóvil se detuvo frente a la entrada de urgencias del hospital.
Samyra respiró profundamente mientras una de sus manos descansaba sobre su enorme vientre. Sentía las contracciones cada vez más seguidas y, aunque el dolor iba aumentando poco a poco, había algo mucho más fuerte que cualquier molestia física.
La emoción.
Había esperado ese día durante tantos meses que le parecía imposible que finalmente hubiera llegado.
Nassira salió primero del vehículo para pedir ayuda, mientras Omar rodeaba rápidamente el automóvil y abría la puerta del lado de Samyra.
Sus movimientos reflejaban el nerviosismo que intentaba ocultar.
—Con cuidado... despacio.
Samyra sonrió al verlo tan alterado.
—Omar... voy a dar a luz, no me voy a romper.
Él soltó una risa nerviosa.
—Lo sé... pero déjame preocuparme.
Le ayudó a bajar con una delicadeza infinita, como si sostuviera el tesoro más valioso del mundo.
En pocos minutos apareció una enfermera con una silla de ruedas.
Mientras avanzaban por los pasillos del hospital, Omar no soltó la mano de Samyra ni un solo instante.
Nassira caminaba junto a ellos con una enorme sonrisa.
Después de todo lo que habían vivido, por fin estaban a punto de recibir la mejor noticia de sus vidas.
Al llegar a la habitación, las enfermeras comenzaron a preparar a Samyra.
Revisaron la frecuencia de las contracciones, controlaron el bienestar de ambos bebés y verificaron una vez más todos los estudios.
La doctora sonrió satisfecha.
—Todo está perfecto. Ya es momento de llevarla al quirófano.
Samyra respiró profundamente.
Había imaginado ese instante cientos de veces.
Y aun así, ahora que estaba ocurriendo de verdad, el corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía pensar.
Giró lentamente el rostro.
Omar seguía allí.
Sin apartarse de su lado.
Él tomó su mano y besó suavemente sus dedos.
Después apoyó la frente contra la de ella.
—Te amo.
Su voz estaba cargada de emoción.
—Me haces el hombre más feliz del mundo.
Los ojos de Samyra comenzaron a humedecerse.
Le acarició lentamente el rostro.
—Y tú me hiciste creer otra vez en la felicidad.
***
Minutos después llevaron a Samyra al quirófano.
Mientras tanto, Omar se cambiaba apresuradamente.
Las enfermeras le entregaron la ropa quirúrgica, el cubrebocas y el gorro.
Sus manos temblaban tanto que tardó varios segundos en colocarse los guantes.
Respiró profundamente. Intentó tranquilizarse.
Pero era imposible.
Toda su vida había enfrentado negocios complicados, enemigos peligrosos y situaciones que parecían imposibles.
Sin embargo, jamás había sentido un miedo tan grande como el que experimentaba en ese momento.
No temía por él. Temía por ella.
Temía por sus hijos.
Cerró los ojos un instante.
—En el nombre de Alá...
Su voz apenas fue un susurro.
—Protégelos. Permite que Samyra esté bien. Permite que nuestros hijos nazcan sanos. No te pido nada más. Solo eso.
Cuando terminó la oración, respiró profundamente y entró al quirófano.
El corazón parecía querer escapar de su pecho.
Allí estaba Samyra.
Acostada sobre la camilla.
La anestesia ya había comenzado a hacer efecto.
Ella levantó la mirada apenas lo vio entrar. Y sonrió.
Aquella sonrisa bastó para calmar un poco el caos que llevaba dentro.
Omar caminó inmediatamente hacia ella.
Tomó su mano entre las suyas.
La besó con infinita ternura.
—Estoy aquí.
No voy a soltarte.
Nunca.
Samyra entrelazó lentamente sus dedos con los de él.
—Lo sé.
Y eso me da fuerzas.
Los médicos comenzaron el procedimiento.
El ambiente cambió por completo.
Todo se volvió silencioso.
Solo podían escucharse las indicaciones del equipo médico y el sonido constante de los monitores.
Samyra sentía pequeños movimientos.
La bebé había llegado al mundo con los bracitos completamente abiertos, como si quisiera abrazar la vida desde el primer instante.
Omar soltó una risa entre lágrimas.
No pudo contenerse. Lloraba abiertamente.
Toda la culpa. Todo el miedo. Toda la angustia que había acumulado durante tantos meses desapareció en un solo instante.
Había soñado incontables veces con ser padre.
Pero jamás imaginó que ese sueño llegaría después de tantas pruebas, de tanto dolor y de haber estado tan cerca de perder a la mujer que amaba.
Comprendió entonces que cada lágrima derramada había valido la pena para llegar a ese momento.
Los médicos revisaron cuidadosamente a ambos recién nacidos.
Unos minutos después, una enfermera se acercó con Murad envuelto en una pequeña manta azul.
Otra llevaba a la niña, arropada con una manta color marfil.
—Los dos están perfectamente sanos.
Aquellas palabras terminaron de llenar de paz el corazón de Omar.
Con enorme cuidado tomó primero a Murad entre sus brazos.
Era tan pequeño... Tan frágil... Su diminuta mano se cerró alrededor de uno de sus dedos.
Omar sintió que el corazón se derretía.
Luego recibió también a su hija.
La pequeña abrió lentamente los ojos por unos segundos antes de volver a quedarse dormida.
Sonrió con inmensa ternura.
—Bienvenidos...
Susurró.
—Papá siempre los protegerá.
Después caminó lentamente hasta la cabecera de la camilla.
Acercó primero a Murad.
Samyra rompió en un llanto incontenible.
Besó con infinita delicadeza la frente de su hijo.
Luego acarició la mejilla de su pequeña hija.
No podía dejar de mirarlos. Eran perfectos.
Eran el reflejo del inmenso amor que había sobrevivido al dolor, a las pérdidas y a todas las pruebas que la vida les había impuesto.
Levantó la mirada hacia Omar.
Él también lloraba.
Ambos sonrieron.
No hicieron falta palabras.
Porque, mientras contemplaban a sus dos pequeños milagros descansar tranquilos entre sus brazos, comprendieron que aquel era el comienzo de la familia con la que siempre habían soñado.
Y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro dejaba de dar miedo.
Ahora solo estaba lleno de esperanza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...