Entrar Via

Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 199

Al día siguiente, Samyra llegó al hospital más temprano de lo habitual.

Los pasillos seguían igual de concurridos.

Enfermeras caminaban de un lado a otro, médicos revisaban expedientes y las camillas iban y venían con la misma prisa de siempre.

Era un ambiente que conocía de memoria.

Durante años había sido parte de él.

Sin embargo, aquella mañana todo se sentía distinto.

Mientras avanzaba por el corredor, muchos compañeros la saludaban con una sonrisa y alguna felicitación por el embarazo. Ella respondía con amabilidad, aunque su mente estaba lejos de allí.

Sabía perfectamente por qué el director Mayer la había citado.

Solo esperaba que la reunión no terminara como imaginaba.

Cuando llamó a la puerta del despacho, la voz del director se escuchó desde el interior.

—Adelante.

Samyra entró despacio.

El director Mayer levantó la vista de unos documentos y sonrió con afecto.

—Siéntate, Samyra.

Ella obedeció.

Su enorme vientre le dificultaba cada vez más acomodarse en la silla.

Mayer la observó durante unos segundos antes de hablar.

—Has trabajado hasta donde humanamente era posible.

Ella bajó la mirada.

Ya sabía lo que venía.

—Director...

Él levantó una mano para detenerla.

—No intentes convencerme.

Sonrió con paciencia.

—Conozco perfectamente tu carácter. Siempre pones a tus pacientes antes que a ti.

Samyra suspiró.

—Todavía puedo seguir trabajando.

—No.

La respuesta fue firme, pero amable.

—Tus bebés te necesitan más que este hospital.

Hubo un breve silencio.

El director abrió una carpeta y deslizó varios documentos sobre el escritorio.

—A partir de hoy comienza oficialmente tu licencia por maternidad.

Samyra sintió un nudo en la garganta.

Lo había sabido desde hacía semanas.

Sin embargo, escuchar aquellas palabras la hizo comprender que era real.

Su rutina estaba a punto de cambiar por completo.

—Pero Omar...

Mayer sonrió con comprensión.

—Sabía que mencionarías su nombre.

Samyra bajó la cabeza.

—No quiero dejarlo solo.

—No lo harás.

El hospital seguirá cuidándolo. Y tú seguirás siendo su doctora cuando regreses.

Pero ahora debes cuidar a las personas más importantes de tu vida.

El director señaló discretamente su vientre.

—Ellos también son tus pacientes.

Samyra acarició su abdomen de forma inconsciente. Los bebés parecían moverse justo en ese momento.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Lo sé...

Mayer le acercó una pluma.

—Firma.

Con cierta nostalgia, Samyra tomó la pluma.

Leyó cada documento. Después escribió lentamente su nombre.

Aquella firma marcaba el final de una etapa. Y el comienzo de otra completamente distinta.

El director guardó los papeles y se puso de pie.

—Descansa. Disfruta estos últimos meses.

Cuando regreses, aquí seguirá esperándote tu lugar.

Samyra sonrió con gratitud.

—Gracias... por comprenderme siempre.

—No me des las gracias. Solo prométeme que, por una vez en tu vida, obedecerás las indicaciones médicas.

Ella soltó una pequeña risa.

—Lo intentaré.

Salió del despacho con una mezcla de alivio y tristeza.

Mientras caminaba por el pasillo, apoyó una mano sobre su vientre.

Respiró profundamente.

—Parece que ahora sí nos toca descansar... ¿verdad?

Los bebés respondieron con una pequeña patadita.

No hacía falta decir nada más.

Los dos sabían que aquel amor había sobrevivido a demasiadas tormentas para desaparecer ahora.

***

Aquella noche, Samyra regresó al departamento.

Hacía semanas que prácticamente vivía entre el hospital y las consultas.

Por primera vez en mucho tiempo, el lugar estaba completamente en silencio.

Dejó el bolso sobre el sofá. Se quitó los zapatos.

Y caminó lentamente hasta la habitación.

El embarazo ya pesaba. Cada movimiento requería más esfuerzo.

Se recostó con cuidado sobre la cama.

Acarició su enorme vientre y cerró los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, no había alarmas, pacientes ni emergencias esperándola.

Solo ella. Y los dos pequeños corazones que latían dentro de su cuerpo.

Respiró profundamente.

Quizá necesitaba aquel descanso más de lo que estaba dispuesta a admitir.

***

Mientras tanto, en el hospital, el teléfono de Aníbal comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

El número pertenecía al geriátrico donde permanecía internada su madre.

Contestó de inmediato.

—¿Sí?

Del otro lado se escuchó una voz nerviosa.

—Señor Duncan, su madre acaba de sufrir una descompensación. Tiene que venir cuanto antes. Es urgente.

Aníbal permaneció inmóvil.

Apretó el teléfono con fuerza.

Había intentado convencerse de que aquella mujer ya no significaba nada para él.

Pero seguía siendo su madre.

El conflicto se reflejó en su rostro.

Elise, que estaba a su lado, tomó su mano con delicadeza.

—Ve.

Él la miró en silencio.

—Después de todo... es tu madre.

Aníbal bajó la mirada.

Por mucho que quisiera negarlo... sabía que Elise tenía razón.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe