Cuando Samyra cruzó las puertas de la sala de dirección, el murmullo cesó de inmediato.
Todos los presentes levantaron la vista hacia ella.
Los miembros del comité, los directores de los distintos departamentos, los profesores del posgrado y varios médicos permanecían reunidos alrededor de la gran mesa de conferencias.
El ambiente era tenso. Pesado.
Las miradas que antes la juzgaban ahora estaban cargadas de incertidumbre.
Al fondo de la sala, Lara permanecía sentada con la espalda recta y una ligera sonrisa dibujada en los labios.
Al verla entrar, sintió una profunda satisfacción.
«Al menos no obtendrá el Premio Laurel.»
«Si no puedo tenerlo yo, ella tampoco.»
«Eso será suficiente.»
Estaba convencida de que había ganado.
Después de aquel escándalo, nadie volvería a confiar en Samyra Hassan.
El doctor Mayer continuaba dando instrucciones al comité cuando escuchó que llamaban a la puerta.
Al levantar la vista encontró a Aníbal Duncan acompañado por Phillip, Elise, Nassira y Samyra.
Su expresión se volvió seria.
—Doctor Duncan... ¿ocurre algo?
Aníbal dio un paso al frente.
Su voz sonó firme.
—Director Mayer, le solicitamos unos minutos antes de que continúe esta reunión. Hemos encontrado nuevas pruebas relacionadas con el caso del paciente Omar Al-Sabah.
La sala quedó completamente en silencio.
Los integrantes del comité comenzaron a intercambiar miradas.
El doctor Mayer observó a Samyra durante unos segundos.
Después respiró profundamente.
—Muy bien. Tiene la palabra.
Aníbal caminó hacia la pantalla principal de la sala.
Phillip conectó una memoria USB mientras Elise preparaba el proyector.
Lara sintió un extraño nudo en el estómago. Por primera vez algo no parecía salir como ella esperaba.
Se puso de pie de golpe.
—¡Un momento!
Todos voltearon a verla.
—¿Por qué está aquí la doctora Hassan?
Su voz sonó cargada de indignación.
—Ella fue suspendida del proyecto y de todas las investigaciones relacionadas con el paciente. No tiene derecho a participar en esta reunión.
Algunos médicos asintieron tímidamente.
El director permaneció en silencio.
Antes de que Aníbal pudiera responder, Samyra dio un paso al frente.
Su voz fue tranquila. Serena. Pero firme.
—¿Por qué tanta prisa por destruirme, Lara?
La joven abrió los ojos. No esperaba aquella pregunta.
Samyra continuó sin levantar el tono.
—¿Qué ganas exactamente si mi carrera termina hoy?
Lara tragó saliva.
—Solo... solo quiero proteger el prestigio de este hospital. Y de nuestro programa de especialización.
Samyra sonrió con tristeza.
—Qué curioso. Porque quien realmente puso en peligro el prestigio de este hospital... fuiste tú.
El silencio volvió a caer sobre la sala.
Aníbal tomó la palabra.
—Señorita Lara... Entonces explíquenos esto.
La pantalla se iluminó. Comenzó a reproducirse la grabación obtenida de la cámara de Omar.
Todos observaron atentamente.
En la imagen apareció Lara entrando a la habitación del paciente con un vaso de jugo entre las manos.
Después se escuchó claramente su voz.
—Doctor Omar... la doctora Hassan le envía esto. Dice que debe beberlo.
Los murmullos comenzaron inmediatamente.
Lara dio un paso hacia atrás.
Su respiración empezó a acelerarse.
—Eso... Eso no demuestra nada. Solo cumplía instrucciones.
Samyra negó lentamente.
—Yo jamás te di esa instrucción. Nunca.
La joven levantó la barbilla.
—¡Mientes! Tus problemas personales con el paciente son conocidos por todos. Querías vengarte de tu exesposo. Solo intentas usarme como chivo expiatorio.
Samyra ni siquiera reaccionó.
Simplemente volvió la mirada hacia Phillip.
—Siguiente video.
Phillip hizo clic. La imagen cambió.
Ahora aparecía una cámara ubicada en el estacionamiento del hospital.
Lara sintió que el color abandonaba completamente su rostro. Era imposible. Aquel lugar... Ella estaba convencida de que no tenía vigilancia.
El video mostraba claramente cómo descendía de su automóvil.
Llevaba el mismo vaso desechable en una mano. Miraba varias veces hacia los lados. Después sacaba un pequeño frasco del bolsillo de su bata.
Toda la sala quedó completamente inmóvil. Nadie respiraba.
Preguntó con la voz quebrada.
—¿Por un premio?
Lara bajó lentamente la cabeza. No respondió. Porque no existía respuesta capaz de justificar lo que había hecho.
El doctor Mayer se puso de pie.
Su mirada reflejaba una enorme decepción.
—Lara... Cuando ingresaste a esta institución juraste dedicar tu vida a salvar personas. Jamás imaginé que utilizarías tus conocimientos para intentar asesinar a un paciente inocente y destruir la carrera de otra médica.
Respiró profundamente.
—Como director de la Escuela Mundial de Oncología anuncio tu expulsión inmediata del programa de especialización. Quedas inhabilitada para continuar cualquier práctica clínica dentro de esta institución. Además...
Miró a los agentes que acababan de entrar en la sala.
—Toda la evidencia ya fue entregada a las autoridades. Serás puesta a disposición de la justicia.
Los policías caminaron hacia ella.
Lara cayó de rodillas. Las lágrimas no dejaban de brotar.
—¡No! ¡Por favor! ¡No me arruinen la vida!
Después levantó la vista hacia Samyra. Su voz apenas era un susurro.
—Perdóname... Por favor... Ayúdame.
Samyra permaneció inmóvil. Las lágrimas también humedecían sus propios ojos.
Le dolía ver a una joven brillante destruir su futuro de aquella manera.
Pero también recordó a Omar debatiéndose entre la vida y la muerte. Recordó el miedo de perder a sus hijos. Recordó las acusaciones. Las humillaciones. El sufrimiento de todos aquellos días.
Respiró profundamente.
—No puedo ayudarte, Lara. Porque si hoy te protegiera... Mañana otro paciente podría morir por tus decisiones.
Los policías la condujeron fuera de la sala.
Su llanto fue apagándose conforme la puerta se cerró.
Durante unos segundos nadie habló. El silencio era absoluto.
Finalmente, uno de los médicos se puso de pie. Miró a Samyra.
—Doctora Hassan... Perdón. Creí que era culpable.
Otro hizo lo mismo.
—Yo también le debo una disculpa. Poco a poco, todos los presentes fueron levantándose.
Las disculpas comenzaron a multiplicarse.
Incluso algunos miembros del comité inclinaron la cabeza en señal de respeto.
El doctor Mayer caminó hasta quedar frente a Samyra. Le estrechó la mano con solemnidad.
—Doctora Hassan, la suspensión queda anulada de manera inmediata. Su expediente será limpiado por completo. Y su candidatura al Premio Laurel de Medicina queda oficialmente restituida.
Una emoción inmensa inundó el pecho de Samyra. Por fin.
Después de tanto dolor. Después de tantas injusticias.
Su nombre volvía a estar limpio. Y aquella vez, nadie podría volver a arrebatárselo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...