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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 519

Aunque Mariana todavía no volvía, quedaba un poco de sopa caliente en el termo.

Nelson sirvió un poco en un tazón, tomó un poco con la cuchara, sopló para probar la temperatura y se lo acercó a los labios.

—Anda, come un poco.

Ivana hizo el esfuerzo de abrir la boca y se tragó aquel sorbo de sopa de pescado calientita.

Nelson la alimentó con mucha paciencia, cucharada tras cucharada.

Pero ella tenía el estómago completamente cerrado; después de un par de tragos, movió la cabeza levemente, dándole a entender que no podía más.

—¿Solo dos cucharaditas más? —trató de convencerla Nelson.

Ivana cerró los ojos por puro cansancio; ya ni siquiera tenía fuerzas para negar con la cabeza, solo frunció el ceño con disgusto.

—Está bien, ya no comas.

Nelson dejó el tazón en la mesa, sacó un pañuelo de papel y le limpió las comisuras de los labios.

—Duerme otro ratito.

Al ver que no tardó en volver a quedarse profundamente dormida, con una respiración constante y relajada, Nelson no se movió de la silla.

Estaba liquidado.

Llevaba varios días y noches en vela, sintiendo cómo no solo el cuerpo le pasaba factura, sino también la mente.

Acercó la silla para sentarse junto a la cama, pero no encontraba acomodo.

Al final, sin pensarlo mucho, se acostó de lado en el borde de la cama del hospital.

Menos mal que las camas de la zona VIP eran lo suficientemente amplias.

Se quedó mirando su rostro pálido y sus finas cejas ligeramente fruncidas; por puro instinto, le acercó un dedo a la nariz para asegurarse de que respiraba.

De pronto recordó el año en que ella terminó hospitalizada por haber recibido una puñalada que iba dirigida a él.

En aquel entonces, él se quedaba exactamente así, velando su sueño todos los días.

Nelson soltó un bostezo y luego estiró la mano para ponerla suavemente sobre la de Ivana, sintiendo su calor.

Los párpados le pesaban cada vez más, y su mente empezó a apagarse.

Justo cuando estaba a punto de dormirse, sintió que alguien lo tapaba con mucho cuidado.

Era Mariana.

Había llegado con la comida lista y se topó con aquella imagen.

Nelson estaba recostado al lado de Ivana, con el rostro marcado por un cansancio demoledor.

Para ser honesta, desde el día en que supo que estaba embarazada, tomó la firme decisión de que no tendría a ese hijo.

Ya había trazado un plan en silencio, sin darle muchas vueltas al asunto, e incluso ya se había imaginado cómo sería el día del aborto.

Por eso, al enterarse del desenlace, no sintió la necesidad de llorar desconsolada; solo experimentó una gran paz.

Y, tal vez muy en el fondo, una pequeña punzada de arrepentimiento.

Pero lo que más la invadía era un alivio inmenso, como si le hubieran quitado un peso de cien kilos de encima.

Esa carga que iba a requerir una decisión drástica de su parte desapareció por cuenta propia, y con ello se esfumó la culpa.

Se sentía vacía físicamente, pero su corazón estaba en calma.

Al pensarlo fríamente, ¡sí que era bastante egoísta de su parte!

Poco después, un montón de ruido proveniente del pasillo la sacó de sus pensamientos. Sonaba a que los guardaespaldas estaban peleando con alguien.

Ivana asomó la cabeza y vio que era Gilda, así que dio un par de golpes a la cabecera para hacerles señas a los de seguridad de que la dejaran pasar.

Como Gilda sabía que esos hombres trabajaban para Nelson, pensó que se lo estaban haciendo a propósito para molestarla, así que su humor era de perros.

Pero en cuanto vio que Ivana la llamaba con la mano, soltó un bufido, empujó la puerta y entró cargada de bolsas.

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