Ivana se quedó parada en la entrada durante un largo rato, incapaz de procesar que había regresado tan pronto.
¡La invadió una profunda sensación de fracaso!
Pensó que jamás tendría que volver a pisar ese lugar. ¡Qué inútil se sentía!
Nelson había regresado en el mismo auto, pero no entró de inmediato a la mansión; primero tenía que resolver otros asuntos.
—Ya te entregué el teléfono. ¿Averiguaste quién envió todos esos mensajes?
Nelson se refería al celular que le había quitado a Hugo.
Había contratado a un experto en tecnología para rastrear al individuo misterioso que, usando un distorsionador de voz, había enviado la agenda de contactos de Ivana.
¿Quién se escondía detrás de esas malas intenciones?
El técnico, sin embargo, parecía tener complicaciones.
—Intenté rastrearlo, ¡pero la señal proviene del extranjero! Es posible que hayan usado un servidor intermediario para desviar la ubicación. La tarjeta SIM ya debe estar destruida, así que rastrearlo en este momento es bastante complicado.
Nelson clavó la mirada en el teléfono y ordenó con voz gélida.
—¡Encuentra la manera! No me importa cuánto tiempo te tome, pero tienes que descubrir quién es.
Solo después de encargarse de eso, regresó a la mansión.
Leandra se apresuró a recibirlo para darle el reporte.
—Señor, la señora regresó hace un rato. Apenas probó la cena y subió a su habitación sola.
Nelson asintió levemente.
Leandra, por supuesto, sabía que algo grave había pasado entre ellos. Ahora que la habían traído de vuelta a la fuerza, no se atrevía a hacer preguntas de más.
Sin decir palabra, él se dio la vuelta para subir las escaleras.
Leandra añadió en voz baja, a modo de advertencia.
—Fui a tocar a su puerta hace un momento y no respondió. ¡Debe estar dormida!
Lo que no se atrevió a decir fue que, en el pasado, Ivana a lo mucho le aplicaba la ley del hielo a Nelson, pero esta vez, ni siquiera le había dirigido la palabra a ella al verla.
Nelson asintió y caminó hacia la habitación, suavizando sus pasos al acercarse a la puerta.
Dentro, solo la luz cálida y tenue de la lámpara de noche iluminaba la estancia. En un rincón de la cama había un bulto bajo las sábanas, mientras que el otro lado estaba completamente vacío e impecable.
Ivana estaba acurrucada en una pequeña bola, con el rostro escondido bajo las cobijas.

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