Nelson tomó solo una bala de bronce, la deslizó con destreza en el cilindro del revólver y le dio un suave giro. Con un chasquido, el tambor encajó en su lugar.
—Vamos a hacer una apuesta. ¡Si ganas, te dejo ir!
Miró fijamente a Ivana. Esos ojos suyos que antes siempre brillaban con una sonrisa, ahora se sentían vacíos, como si estuvieran cubiertos por una espesa capa de ceniza.
—¿Alguna vez has jugado a la ruleta rusa? Este viejo revólver solo tiene capacidad para seis balas. Saqué todas y dejé solo una. Tienes tres oportunidades. Dejaremos que el destino decida.
—Si después de tres disparos sigues viva, iré contigo al registro civil de inmediato y firmaremos el divorcio. Pero si no tienes suerte y mueres, ¡al menos nuestra historia tendrá un final definitivo!
Nelson puso la mano sobre el arma cargada y la deslizó hacia Ivana, sin soltarla por completo.
Al escuchar esto, Yadira se sobresaltó, pero pronto se sintió aliviada.
Tenía sentido. Un hombre tan orgulloso como Nelson jamás permitiría que alguien lo dejara primero. Tenía que hacerle pagar un precio alto.
¿Una probabilidad de una entre seis? ¡No estaba nada mal!
Si Ivana realmente sacaba la bala y caía muerta ahí mismo, la familia Zavala tenía suficiente poder para encubrirlo todo sin problemas.
Y en el peor de los casos, si Ivana ganaba, estaba segura de que Nelson cumpliría su palabra.
¡Porque podía ver que Nelson hablaba muy en serio! ¡Iba con todo!
El rostro de Ivana cambió drásticamente. Jamás se imaginó que a Nelson se le ocurriría una locura así para acorralarla.
Soltó una risa fría y amarga.
—No soy estúpida. ¿Por qué demonios apostaría mi vida contigo?
¡Si jugaba bajo esas reglas, ella tenía todas las de perder!

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