El estudio era un área restringida; el personal de limpieza normal tenía prohibido el paso.
Normalmente, un robot aspiradora se encargaba del polvo, y para lo demás, Leandra solo entraba en un horario estricto una vez por semana.
Nelson no dijo una sola palabra y entró directo al estudio. Tras revisar todo rápidamente, su rostro se desfiguró.
Descubrió que todos los documentos de identidad de Ivana habían desaparecido... ¡incluyendo su pasaporte!
Empezó a caminar de un lado a otro por la sala como un león enjaulado. Una vez que logró controlar un poco su furia, tomó el teléfono y marcó un número.
—¿Hola? Nelson, ¿pasó algo?
Era la voz de Mariana.
Nelson forzó una sonrisa, manteniendo un tono casual.
—¡Hola, mamá! Perdón por la molestia. Quería preguntarte, ¿de casualidad Ivana está contigo? ¿Te llamó ayer?
—No, mi niño. El día que me dieron de alta en el hospital pasó por mí, pero no ha vuelto desde entonces. ¿Todo está bien? ¿No está contigo?
Nelson apretó la manga de su camisa con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, pero su voz no delató absolutamente nada.
—Todo perfecto. Es que ya casi terminan las vacaciones y tuvo que ir a la oficina, pero fue tan despistada que dejó el celular en la casa. Voy a contactar a sus compañeros para ir a dejárselo.
Tras inventar esa excusa mediocre, colgó el teléfono.
Casi de inmediato, la pantalla se iluminó con una llamada de su asistente, Joel.
Nelson respondió:
—¿Y bien? ¿Qué arrojaron los análisis?
—Doctor Zavala, los restos de comida que me mandó analizar efectivamente tenían altas dosis de somníferos triturados. Y lo peor de todo... le pusieron pastillas a cada uno de los platillos.
La mano con la que Nelson sostenía el teléfono se tensó hasta temblar. Joel seguía hablando del otro lado, pero él ya no escuchaba nada.

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