Nelson se quedó parado, mirándolo fijamente.
Ese vacío y silencio tan característicos de la madrugada cayeron sobre él como una avalancha, haciéndole sentir que le faltaba el aire.
Aquel anillo parecía haber sido olvidado por accidente, ¡pero en realidad había sido abandonado ahí a propósito, como si fuera basura!
No importaba.
No era la primera vez que Ivana tiraba su anillo de bodas, ni la primera vez que intentaba alejarse.
Sin importar dónde se escondiera, ¡él iba a encontrarla!
¡Aunque tuviera que buscarla por debajo de las piedras!
Nelson marcó un número con una calma aterradora y primero le ordenó a Lionel que fuera a inspeccionar Villa Nevada.
Luego llamó a Leandra, exigiéndole que revisara detenidamente las cámaras de seguridad para ver en qué habitaciones había estado Ivana y qué había hecho.
Él decidió quedarse en Residencial Valle de Ónix, aferrándose a la idea de que, tal vez, ella regresaría por la puerta en cualquier momento.
Lo peor de todo era que Residencial Valle de Ónix no era su territorio; ahí no tenía cámaras de seguridad instaladas.
Ante la desesperación, mandó a otros de sus hombres a buscarla en las oficinas de su empresa, en sus restaurantes favoritos y en el supermercado.
Pero, incluso con toda esa movilización, la angustia no lo dejaba respirar.
La inmensidad de la casa vacía lo mantenía en un estado de pura ansiedad.
El elegante candelabro de cristal brillaba sobre la mesa, iluminando la cena gourmet que ya se había enfriado por completo.
Nelson se acercó, se sentó en la silla donde ella siempre comía, tomó los cubiertos y empezó a llevarse grandes bocados a la boca.
Cuando iba a la mitad del plato, el celular vibró en la esquina de la mesa, encendiendo la pantalla.
Tenía que ser un mensaje de sus hombres con noticias.
Soltó el tenedor de inmediato y extendió la mano hacia el teléfono, ansioso por ver los resultados.
Pero, justo cuando estiró el brazo, un vértigo repentino y brutal lo azotó.
Intentó apoyarse para levantarse, pero sentía como si le hubieran quitado los huesos; su brazo cayó sin fuerza sobre la mesa, y sus párpados pesaban como plomo.
¡Al final, se quedó profundamente dormido ahí mismo!
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