Ivana sabía perfectamente que Nelson había malinterpretado lo del celular destruido. Creía que ella se traía un romance a escondidas.
Jamás le revelaría los secretos que guardaba ese teléfono.
Pero, aun si le hubiera sido infiel, ¿y qué?
¿Acaso él era el único con derecho a equivocarse mientras ella debía ser una santa?
Si esa era la manera de hacerle sentir el ardor de la duda y la traición, ¡entonces le parecía perfecto!
Ojalá se convirtiera en el mismo idiota engañado y lastimado que había sido ella.
Esa noche, Nelson no volvió a dormir a casa.
Ivana sintió un inmenso alivio. Abrazó a su perrito Moneda, que ya había sido revisado en el veterinario, y durmió de maravilla.
***
El seis de enero, finalmente le daban el alta a su mamá.
Ivana compró un hermoso ramo de girasoles y se dirigió al hospital.
La brisa de principios de año aún conservaba un toque helado.
Cuando llegó a la habitación, su madre ya se había puesto ropa de calle.
Tras haber pasado más de medio año internada, Mariana había perdido bastante peso. Su ropa habitual le quedaba holgada, acentuando su figura frágil.
Horacio también había llegado temprano y ya estaba guardando las cosas en las maletas.
Emilio estaba ahí, aprovechando sus vacaciones escolares.
—¡Ivana, ya llegaste! —la saludó Horacio con una cálida sonrisa, mientras tomaba dos maletas para bajarlas por adelantado.
Mariana asomó la mirada detrás de Ivana.
—¿Nelson no vino contigo?
Ivana soltó la excusa universal sin titubear.
—¡Tenía una cirugía programada y no pudo escaparse!
Era lo mejor. Así se ahorraba el teatro de la pareja feliz frente a su madre.

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