El cielo se oscurecía rápidamente y cada vez más personas salían a reventar cohetes.
El perrito sucio parecía aterrorizado por las explosiones, encogiéndose y buscando dónde esconderse a cada estallido. Pero en aquella fría calle de invierno no había refugio, así que solo le quedó agazaparse entre las bolsas de basura, mientras su pequeña nariz reseca olfateaba el aire con ansiedad.
Ivana se detuvo y se revisó los bolsillos con la esperanza de encontrar algún bocadillo, pero estaban vacíos. Al final, solo pudo extenderle la mano en un intento de calmarlo.
Sin embargo, el perrito parecía acostumbrado a los golpes; la miró con absoluta desconfianza y retrocedió asustado.
En ese momento, el dueño del local de al lado salió abrigado hasta el cuello, con gorro y guantes pesados. Mientras bajaba la cortina de metal de su negocio, le arrojó un pedazo de pan duro en dirección al basurero.
De inmediato, el perrito saltó, atrapó el trozo de pan y empezó a devorarlo con desesperación.
—Disculpe, señor, ¿es su perro? —le preguntó Ivana por inercia.
El hombre negó con la cabeza.
—No, es de los vecinos de aquí al lado.
Ivana siguió la dirección que le señalaba y notó que el local vecino llevaba horas cerrado, con un enorme candado asegurando la puerta principal.
Si el perro tenía dueños, ¿por qué estaba abandonado en la calle a su suerte?
El hombre, que parecía rudo pero tenía buen corazón, adivinó la duda en la mirada de Ivana y le explicó la situación:
—Pues que ya no lo quieren. Los dueños se fueron a su pueblo a pasar el Fin de Año, y como no les convenía llevárselo, lo botaron aquí afuera. Le dejaron unas sobras de comida, pero con este frío ya están congeladas, duras como piedra; el pobre animal no se las puede comer. Además, escuché que la esposa acaba de comprar un Corgi de raza pura que tratan como rey. ¡Por supuesto que ya no les importa este perrito mestizo!
Hacía un frío que calaba los huesos. Tras dejar clara la historia, el hombre se frotó las manos para darse calor y se marchó a toda prisa.
Ivana se agachó para observar al perrito. Ya se había tragado el pan entero y ahora lamía ansiosamente las migajas del suelo helado.
Volvió a extenderle la mano. Esta vez, el animalito pareció percibir su buena intención; movió la cola tímidamente, aunque aún sin atreverse a dar un paso hacia ella.

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