—Como su suegra ya está prácticamente recuperada, supongo que su esposa por fin podrá respirar tranquila —comentó el doctor.
Nelson asintió por instinto, pero de pronto algo cruzó por su mente y su expresión se tensó.
—Dr. Ponce, ¿puedo pedirle un gran favor? Por ahora, no le diga a mi suegra que ya está dada de alta. De hecho, sería ideal que le recomendara quedarse internada unos días más.
Aunque el Dr. Ponce no entendía el motivo, su sentimiento de culpa lo inclinó a aceptar. Al fin y al cabo, un par de días más de observación médica no le harían daño a nadie.
***
En la planta baja, Yadira Dimas acababa de llegar.
Como visitaba el hospital con frecuencia, ya conocía a las recepcionistas, a quienes saludó fingiendo total despreocupación.
Sin embargo, al subir al ascensor, los nervios la traicionaron.
El día anterior, Nelson le había mostrado las grabaciones de seguridad de manera deliberada; era evidente que estaba furioso.
Por suerte, su ira solo había recaído sobre un par de enfermeros y no la había culpado directamente a ella.
En cuanto a Jaime, después de todo, solo era un niño.
Yadira sabía muy bien que, a pesar de las pruebas en video, Nelson jamás tendría el corazón para echar al pequeño a la calle.
Él le había prometido que la ayudaría a cuidar del niño pasara lo que pasara.
«A fin de cuentas, este niño también es su responsabilidad», pensó.
Así que Yadira había ido hoy con la intención de contentar a Nelson, asumiendo que ya se le habría pasado el enojo.
Pero antes de enfrentarlo, naturalmente, tenía que ir a ver a su hijo.
—¡Jaime!
Pero al entrar, se dio cuenta de que la joven enfermera que solía estar allí había desaparecido. ¡En su lugar, había un enfermero de complexión robusta, vestido con un uniforme azul marino oscuro!
Estaba de espaldas, ajustando el soporte del suero, y su espalda era tan ancha como una pared.

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