Ivana se quedó paralizada por un instante, con un sabor amargo en la boca.
Quería decirle que no es que no hubiera querido contárselo... ¡pero en ese momento él estaba demasiado ocupado buscando al culpable de su desgracia!
Siempre era lo mismo: cuando más lo necesitaba, él brillaba por su ausencia.
¿Y de qué serviría decírselo ahora? ¿Acaso él daría la cara por ella?
Ivana lo conocía a la perfección, tanto que hasta podía adivinar las excusas que inventaría para defenderse.
«¿De qué sirve decírtelo? Después de todo, es solo un niño y, además, un paciente. Como doctor, no puedes echar a un paciente a la calle, ¿verdad? ¡Lo entiendo perfectamente!».
Nelson Zavala se quedó sin palabras ante su sarcasmo. Esbozó una sonrisa sombría.
—El día que me mates del coraje, prepárate para ser viuda —soltó.
Ivana rodó los ojos. «¡Mejor para mí!».
Pero Nelson captó el gesto. Se inclinó hacia ella de inmediato, tomándola por la barbilla con firmeza.
—¿Qué estabas pensando justo ahora? —le recriminó—. ¿Me estabas maldiciendo?
Ivana giró el rostro para zafarse de su agarre.
—¿Y a ti qué te importa?
«Quería controlar todo, ¿y ahora también quería gobernar sus pensamientos? ¡Qué hombre tan arrogante!».
Como ya había terminado de aplicarse el ungüento, Ivana se levantó a toda prisa, recogió su bata de baño del suelo, se la puso y salió corriendo de la habitación.
A sus espaldas, escuchó la voz de Nelson, cargada de desdén.
—¿Por qué huyes? Mírate, estás llena de moretones, no tienes ni un centímetro de piel sana. ¿Crees que me vas a provocar algún deseo así? ¡No te hagas ilusiones!
Una vez que Ivana se cambió de ropa, bajó al comedor para cenar.
Sobre la mesa había una variedad de platillos exquisitos, muy nutritivos y fáciles de digerir.
Ivana simplemente escogió lo que se le antojaba y empezó a comer.
Poco después, Nelson bajó y se sentó frente a ella.
En aquel inmenso comedor, el único sonido era el tintineo de los cubiertos contra la porcelana. El silencio era abrumador.
Ivana no levantó la mirada de su plato; masticaba con lentitud, ignorando por completo al hombre que tenía enfrente.
Después de un buen rato, Nelson rompió el hielo.
—El profesor Gonzalo y Paola quieren que vayamos a cenar con ellos antes de Fin de Año.
Ivana asintió secamente.

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