Ivana se quedó inmóvil, con la cabeza gacha.
Solo entonces la vendedora se atrevió a acercarse y consolarla en voz baja:
—Señora, no se lo tome a pecho. Por su forma de vestir, se nota que son unas niñas ricas y mimadas que nos desprecian a la gente común. ¿Qué le parece si le muestro un modelo con un precio más accesible?
Ivana asintió levemente, eligió uno que le gustó, pidió que lo envolvieran y se fue.
Regresó a la cafetería, escogió un asiento junto a la ventana y esperó a Clarisa.
Sin embargo, como si el destino se estuviera burlando de ella, ¡se volvió a topar con Yadira y sus amigas!
Cada una cargaba varias bolsas de marca, y parecía que habían venido a descansar después de sus compras. Se sentaron en una mesa no muy lejos de la de Ivana.
Ivana se sintió harta, como si la mala suerte no la soltara. Si no fuera porque ya había quedado con Clarisa, se habría levantado y se habría ido de inmediato.
Yadira, como la consentida que era, acaparaba la conversación. O hablaban de lo adorable que era su hijo, o elogiaban lo hermoso que era su nuevo departamento.
Yadira, claramente acostumbrada a ser el centro de atención, de vez en cuando volteaba a ver a Ivana, que estaba sentada detrás, con una pizca de triunfo en la mirada.
Mientras les mostraba a sus amigas las cosas nuevas que Nelson le había comprado, dijo con un tono de falsa queja:
—La verdad es que no saben, a veces tener un departamento tan grande tiene sus desventajas, se siente muy vacío. Le pregunté que cuándo se iba a mudar, y me dijo que en unos días.
—Seguramente para que no me sintiera sola, hasta me escogió un gatito. ¡Es blanco, peludito y super adorable!
Mientras hablaba, sus ojos brillaban de alegría.
—Nelson le puso nombre, ¡escuchen!
Yadira reprodujo un audio en su celular.
[¡Vamos a llamarlo Lucky!]
Era, evidentemente, un mensaje de voz que Nelson le había enviado.
Al oír eso, la mano de Ivana, que revolvía su café, se detuvo. Por un instante, su mente se quedó en blanco.

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