—Con un estatus como el suyo, el matrimonio nunca es una decisión personal. Si te ha mostrado algo de interés, ¡es únicamente por el bien de los proyectos de su empresa!
Su tono era tan frío que parecía cortar el aire.
—Deja de hacerte ilusiones. ¿De verdad te crees tan importante?
Aunque sus palabras dolían, eran la pura verdad.
Ivana se cruzó de brazos.
—¿Y eso qué?
Era cierto que ella no estaba a su altura, ¡pero tampoco se había hecho ideas al respecto!
En lugar de preocuparse por los demás, ¿por qué no se ocupaba de sus propios asuntos?
—Para proteger tu reputación, no quieres divorciarte de mí, pero al mismo tiempo tienes a tu amante escondida por ahí. Andas de un lado para otro, con una en casa y otra afuera. ¡Tú sí que eres un maestro de la organización!
Nelson respiraba pesado; traía la cara cerrada, negra de coraje.
—¿Cuándo he tenido yo una amante? ¡No intentes culparme a mí y deja de cambiar de tema!
Ivana no entendía cómo podía seguir negándolo en ese punto.
—¿No te acostaste ya con esa tal Yadira? ¡No me sorprendería que un día de estos apareciera con un hijo tuyo!
Las venas en la frente de Nelson comenzaron a palpitar.
—¡Deja de decir estupideces! Estamos hablando de nosotros, ¿por qué siempre tienes que meter a Yadira y echarle tierra? ¡No empieces con tus berrinches!
—¡Vaya! Veo que sí la defiendes.
Cansada de discutir, Ivana simplemente subió las escaleras.
Nelson, furioso, agarró un cojín y lo arrojó con fuerza hacia la escalera.
—Ya verás cuándo vas a venir a buscarme.
Ivana no le dio importancia a sus palabras. Al llegar a su habitación, solo quería ducharse y dormir; el día había sido agotador.

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