«Parece que tendré que cambiarla de nuevo en cuanto se vaya», pensó.
Sin embargo, Nelson pareció leerle la mente.
—Cámbiala si quieres. De todas formas voy a encontrar la manera de entrar.
Ivana dejó caer los cubiertos sobre la mesa. De repente, se le quitó el hambre.
—¿De verdad crees que esa porquería alimenta? En los cuatro años que llevamos casados, ¡jamás te he dejado comer sopa instantánea! —dijo Nelson con cara de pocos amigos.
—¿Y a ti qué te importa? —Ivana se levantó, tomó el tazón de sopa y caminó hacia la cocina, donde la tiró por el fregadero, fideos y caldo incluidos.
Su movimiento fue decidido, sin un ápice de arrepentimiento.
—Nelson, ¿de verdad crees que no puedo vivir sin ti?
Nelson se quedó helado, con la mano a medio camino de quitarse el saco.
Observó aquel rostro que le era tan familiar, ahora lleno de desconfianza, mirándolo como un animal acorralado, con todas las defensas en alto.
—¡Si eso es lo que quieres pensar, allá tú!
Ivana soltó una risa cargada de sarcasmo.
—Entonces, ¿a qué vienes ahora? ¿A confirmar que mi vida es lo suficientemente miserable? ¿O te remordió la conciencia y vienes a ofrecerme un poco de tu noble compasión?
Pero al segundo siguiente, se quedó paralizada.
Ante sus ojos, Nelson comenzó a desvestirse. Se quitó el chaleco, la corbata y la camisa, dejando al descubierto sus abdominales marcados y su torso bien formado.
Ivana, totalmente sorprendida, trató de detenerlo.
—¿Qué estás haciendo?
Nelson vio cómo ella retrocedía instintivamente y soltó una risita burlona.
—Ni te emociones. Ahora mismo no me interesas en lo más mínimo.
Ivana ardió de vergüenza y coraje. Quiso mentarle la madre, pero ni eso le salió.
Al final, solo pudo soltar una palabra:
—¡Descarado!
Se dio la vuelta, dispuesta a subir las escaleras.

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