Don Goyo, furioso, soltó un rugido. Se acercó y levantó la mano, a punto de propinarle una bofetada al anciano.
Serena miró al anciano y sus ojos se abrieron de par en par. Rápidamente agarró la botella de agua que tenía a su lado y se la arrojó a la mano alzada de Don Goyo.
Don Goyo soltó un quejido de dolor. Se agarró la mano lastimada con la otra y volteó a mirar a Serena, completamente confundido.
Sus hombres habían entrado de golpe, provocando un escándalo, y él, por miedo a que la asustaran, solo intentaba descargar su enojo con ellos por ella. ¿A qué venía ese golpe?
—Mi Patrona, ¿qué significa esto? ¡Le estaba dando una lección por usted!
De no ser por el miedo a que la ira de ella recayera sobre él si sus hombres la ofendían, ¡jamás le habría prestado atención a ese viejo!
—Darle una lección... Olvídalo, Don Goyo. Diles a tus hombres que se retiren y tráelo para acá.
—¡Ustedes, retírense! Don Fausto, quédate.
Aunque Don Goyo no entendía por qué la Patrona parecía tan ansiosa e interesada en el viejo Fausto, no le quedó más remedio que obedecer.
Una vez que todos los demás salieron, Serena se acercó. Con los ojos enrojecidos, observó al anciano durante un largo rato antes de decir: —Abuelo, por fin te encuentro.
Aunque su abuelo había envejecido notablemente, lo reconoció al instante.
Sin embargo, Don Fausto no mostró la misma emoción que Serena; al contrario, la miró con total desconcierto. —Niña, te equivocaste de persona. No te conozco.
Serena miró al anciano con incredulidad y preguntó: —Abuelo, ¿cómo que no me reconoces? ¡Soy Rena!
Solo habían pasado diez años, ¿cómo era posible que su abuelo no la reconociera?

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