La maestra ya había recibido a casi todos los niños de la entrada, pero este padre seguía sin soltar a su pequeña.
Con tal de agilizar las cosas y permitir que los padres se retiraran, no le quedó más remedio que aceptar: —Claro que sí. Puede estar tranquilo, señor De la Riva. Nosotras también pondremos todo nuestro esfuerzo en cuidar muy bien de la niña.
Era la primera vez que veía a un padre tan apegado. Por lo general, eran las madres o las abuelas quienes lloraban en la entrada.
—Gracias, maestra. Se la encargo mucho —dijo Jaime. Por fin bajó a su hija y se dirigió a su primogénito—: Matías, tienes que cuidar muy bien de tu hermanita, ¿entendido?
—Entendido, papá. Yo la cuidaré.
—Siena, papá vendrá a buscarte el primero esta tarde. No vayas a llorar, ¿eh?
—Sí, papi. No voy a llorar.
Su hermano le había dicho que la escuela era súper divertida, así que no tenía ninguna razón para llorar.
Jaime se quedó pasmado mirando cómo la maestra tomaba la manita de su hija y la guiaba hacia el interior del edificio. No apartó la vista hasta que la niña desapareció por completo en los pasillos.
Serena, incapaz de seguir viendo tanto drama, lo tomó del brazo y tiró de él. —Vámonos ya. Deja de mirar. Si te quedas un rato más, llegará la hora de la salida.
Habían llegado a dejar a los niños a las ocho y media, ¡y ya eran casi las nueve y media!
Si la junta directiva del Grupo De la Riva trabajara con esa misma lentitud, la empresa habría quebrado hace años.
Al subir al auto, Jaime seguía resistiéndose a arrancar el motor.
—¿Crees que Siena ya empezó a llorar?
—No entiendo qué es lo que te preocupa tanto. Cuando Matías entró al jardín, no te vi sufrir ni una décima parte de esto.
Serena recordaba perfectamente el primer día de clases de Matías. Jaime le había exigido al niño que cargara su propia mochila y caminara solo hacia la entrada.
Incluso le había dicho: «Hijo, eres un hombrecito. Al entrar a la escuela tienes que aprender a ser independiente».

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