Serena escuchó atentamente las palabras de Don Goyo y, tras reflexionar un momento, dijo: —Seguramente tiene amnesia. ¿Hay alguien aquí que haya trabajado con tu padrino durante más tiempo? Tráelo, quiero hacerle un par de preguntas.
Quería averiguar cómo había terminado su abuelo allí y qué había causado su pérdida de memoria.
Con razón él nunca había vuelto a buscarla y ella tampoco había logrado dar con su paradero. Todo se debía a que había perdido la memoria.
No quería ni imaginar todo lo que él habría tenido que soportar. Seguramente escapar de La Zona Fronteriza en aquel entonces había sido una verdadera hazaña de supervivencia.
—Claro que sí, llamaré a alguien de inmediato —respondió Don Goyo.
Sacó su celular e hizo una llamada. Poco después, un hombre de unos treinta años entró en la habitación.
Al entrar, saludó con total respeto: —Don Goyo.
—Ramiro, ¿cuánto tiempo trabajaste para mi padrino?
—Estuve a su servicio durante unos cinco años.
Don Goyo se dirigió a Serena: —Mi Patrona, ya lo escuchó. Cualquier cosa que quiera saber, pregúntesela a él.
En realidad, a Don Goyo no le caía nada bien Ramiro, ya que siempre había sido muy leal a su padrino. Considerando que Don Goyo había conspirado para asesinar al viejo, de no ser porque Ramiro se mantuvo al margen y no intentó vengar su muerte, ya lo habría liquidado.
Pero ahora, Ramiro no era más que un peón sin importancia que no representaba ninguna amenaza, así que no le daba mayor relevancia.
Serena habló: —Ramiro, ¿verdad? Quiero hacerte unas preguntas sobre Don Fausto. Cuéntame absolutamente todo lo que sepas.
Ramiro hizo memoria y respondió: —Hace unos cuatro años, el padrino de Don Goyo lo trajo desde la costa. En ese entonces, yo acompañé al jefe a recibir un cargamento.

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