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La "Pueblerina" Que Humilló a la Alta Sociedad romance Capítulo 708

Pero en el fondo, Matías creía firmemente que algún día lograría superar al Gran Maestro Segundo.

El Mayor y el Segundo lo ignoraron por completo y regresaron al interior de la casa.

El Gran Maestro Quinto, abanicándose con calma, se acercó, le dio unas palmaditas en el hombro y le dijo: —Tranquilo, muchacho. Si te da un golpe de calor, tienes a tu Gran Maestro Mayor aquí mismo, él te salvará la vida.

—Pero Gran Maestro Quinto, si me quemo con el sol ya no seré tan guapo. Cuando regrese a clases, mis compañeros se burlarán de lo quemado que quedé por el sol.

—¿De qué te preocupas? Tu mamá acaba de inventar una nueva mascarilla facial que restaura la luminosidad de la piel rapidísimo. Cuando regreses a casa, le pides que te ponga una y listo.

Y habiendo terminado de disfrutar del espectáculo, el anciano también se marchó.

En ese momento, el Gran Maestro Cuarto y Don Fausto Torres regresaban de la montaña. Al ver a Matías cumpliendo su castigo en postura de jinete, el Cuarto le dijo sin piedad:

—Acabo de diseñar un nuevo circuito de trampas. Matías, cuando termines tu postura, irás directo a intentar resolver el laberinto. Si no logras superarlo, te quedas sin cenar.

—¡Ay, Gran Maestro Cuarto! ¿Es necesario ser tan cruel? ¡No pueden maltratar así a los niños!

Definitivamente, debería haber elegido ir a un campamento de verano en vez de pasar sus vacaciones en las montañas. Había caído redondito en la trampa de su hermana.

Don Fausto Torres se acercó, le dio unas palmadas de aliento en el hombro y le dijo sabiamente: —Quien no sabe tragar amarguras, nunca saboreará la grandeza. ¡Échale ganas, muchacho!

Y como el sol estaba en su punto máximo, él también se apresuró a refugiarse dentro de la casa.

Al final, solo su adorada hermanita Siena tuvo piedad y le trajo un sombrero de paja para cubrirlo.

—Hermano, no te preocupes. El circuito de trampas del Gran Maestro Cuarto es facilísimo. En un ratito te ayudo a resolverlo.

Mientras hablaba, acercó una cajita de leche con una pajilla a los labios de su hermano. —Toma, hermanito. Toma un poco de leche para que recuperes energías.

—Gracias, hermanita. Eres la mejor. Cuando crezca, voy a ganar muchísimo dinero para comprarte todo lo que quieras.

Desde que Matías tenía memoria, su padre siempre le decía que su hermana era una princesita, y que él debía ser el caballero que la protegiera. Le inculcó que de mayor tenía que amasar una gran fortuna para dársela, porque si una princesa no tenía dinero, no podría comprar vestidos hermosos y se convertiría en un patito feo.

Matías ya tenía edad suficiente para darse cuenta de que todo eso era puro lavado de cerebro por parte de su padre. Sin embargo, estaba decidido a no permitir jamás que a su hermana le faltara algo.

Incluso había prometido que, cuando fuera grande, le construiría un castillo de verdad. De hecho, ya estaba dibujando los planos.

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