Serena imitó su tartamudeo: —Yo, yo, yo, ¿por qué no podría ser yo?
Se adelantó, agarró el dedo con el que él la señalaba y, con un ligero apretón, el hombre empezó a chillar como un cerdo en el matadero: —¡Ay, ay, ay! ¡Suéltame!
Serena soltó su mano, se inclinó ligeramente, ladeó la cabeza de manera adorable y lo saludó: —Don Goyo, cuánto tiempo sin vernos. ¿Desde cuándo te convertiste en "Jefe"?
Don Goyo apartó la mirada como si evitara una plaga. Sin atreverse a mirarla a los ojos, giró la cara hacia un lado y murmuró por lo bajo: —¿Y por culpa de quién crees que fue?
No sabía qué clase de fanática de la violencia era esa mujer. Tenía las manos atadas y aún así conservaba tanta fuerza que por poco le fractura el dedo.
Serena se enderezó y dijo: —¿Qué murmura Don Goyo sobre mí?
Don Goyo se levantó de un salto de la silla y dijo con el corazón en la garganta: —Mi Patrona, ¿cómo me atrevería a hablar mal de usted? La estaba elogiando.
—¿Y qué elogios me hace?
Don Goyo mintió descaradamente: —Decía que es usted hermosa como un ángel y de buen corazón.
Que era hermosa como un ángel era cierto; lo del buen corazón, una vil mentira.
Don Goyo acercó una silla frente a Serena y dijo con tono servil: —Mi Patrona, tome asiento.
Serena se sentó sin miramientos: —Entonces, ¿cómo pudiste ser tan cruel con esta mujer hermosa y de buen corazón? Mandaste a que me anestesiaran, me secuestraran y encima permitiste que me arrojaran agua.
Don Goyo se excusó torpemente: —No, no, ¿cómo me atrevería? Es que estos imbéciles son más tontos que una piedra y entendieron mal mis órdenes. Yo les dije que la invitaran amablemente.
Dicho esto, se dio la vuelta y le dio una bofetada a Ming, gritando: —¡Idiota! Les dije que fueran a invitarla, ¿quién les mandó a secuestrarla? ¡Desátenla de inmediato!
Después de golpear a Ming, se fue contra el rubio. —¡Inútil!
Luego golpeó al de camiseta negra. —¡No tienen cerebro!
Ming y los demás estaban desconcertados. ¿No les había dicho que la secuestraran para torturarla él mismo?

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