Erika escuchó en silencio todo lo que Amelia le dijo, y de pronto sintió una punzada de tristeza en el pecho.
¡Esa era la palabra exacta: no soportaba perder!
Claro, la actitud de Valerio ayer no era otra cosa que su ego lastimado.
Cuando ella le describió la vida tan feliz que llevaba, él solo había soltado una sonrisa burlona.
Y años atrás, cuando la tenía prácticamente encerrada en su casa, la obligaba a fingir que era una empleada doméstica cuando iban sus amigos para humillarla.
No era que la amara o que no pudiera vivir sin ella. Su problema era el orgullo; le hervía la sangre de solo pensar que ella pudiera estar con otro hombre; no lo aceptaba ni lo toleraba.
Erika soltó un profundo suspiro. ¿Para qué se ponía a analizar sus motivos? ¡Qué estupidez!
Desde que se casaron quedó más que claro lo que él sentía por ella, ¿no?
Erika soltó un bufido y, de pronto, exclamó con determinación:
—Amelia, me encantó tu historia. Hoy me diste una gran lección.
Dicho esto, apagó la computadora de golpe, se puso de pie, acomodó las cosas de su escritorio y, con un tono muy animado, sentenció:
—Ya, al diablo con todas estas porquerías que solo dan dolor de cabeza. ¡Vámonos! Te invito a comer rico. Vamos al mejor restaurante de Solara a darnos un buen festín.
—¡Así se habla! ¡Esa es la súper Erika que yo conozco! ¡Vámonos!
Una hora después, Erika y Amelia llegaron a "La Cúpula", un exclusivo restaurante de la ciudad.
Cuando el mesero les abrió las pesadas puertas, el salón principal apareció ante ellas, tan espectacular como su nombre lo sugería, parecido a un sueño.
Sonaba una música suave y envolvente. La cálida iluminación jugaba con los reflejos del impecable piso de mármol.

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