¡Ya se fue!
Erika miró a Martina, a su lado, sin poder creerlo.
Martina, con la mirada llena de asombro, observó a lo lejos y luego volvió a ver a Erika, repitiendo el gesto varias veces.
—Eri, creo que por fin vas a poder estar tranquila. En serio solo vino a dar el pésame.
Martina sintió un enorme alivio en el pecho. No quería volver a ver a Erika sufriendo y destrozada por culpa de Valerio.
Así estaba bien, estaba más que perfecto.
Erika también dejó escapar un largo suspiro, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
Se levantó despacio y se dirigió a Adrián.
—Adrián... ya debemos regresar.
Adrián, con la vista perdida a lo lejos, asintió levemente.
Al ver que los empleados ayudaban al señor a alejarse poco a poco, Erika añadió con voz ronca:
—Adrián, no... te dejes caer demasiado. Trata de consolar... a tu papá.
—¿Y quién me consuela a mí?
Con la mirada llena de tristeza, Adrián movió los labios. Levantó los brazos lentamente, la tomó por los hombros y dijo con la voz quebrada:
—Eri, ¿de verdad tenías que hacer esto? Si aceptaste a mi papá como tu padrino, ¿fue solo por mi mamá? ¿Te pusiste esta ropa de luto para despedirla, o solo para poner una barrera definitiva entre nosotros?
—Adrián... yo... —Erika también sintió un nudo en la garganta y no supo qué responder.
Adrián la soltó de golpe y se alejó con pasos largos por el camino de piedra hacia el estacionamiento.
Martina se levantó despacio y se paró junto a Erika.
—Eri, no te sientas mal. Todo es un proceso.
Erika frunció el ceño y bajó la mirada, apenada.
***
Todos los ritos en el cementerio concluyeron.

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