Un superpoder para leer mentes, así no tendría que desgastarse tratando de adivinar.
A veces, su jefe le daba instrucciones claras y directas.
Otras veces, hacía preguntas al aire, dejaba las cosas a medias y lo obligaba a adivinar. Y si no atinaba, entonces era un «incompetente».
Aunque Diego no estaba cien por ciento seguro, ya se daba una idea.
—Entendido, señor Ramírez. Cuando llegue el día, lo tendré todo arreglado.
—Hay algo más —dijo Valerio justo cuando Diego terminaba de hablar.
Señaló a través del gran ventanal de cristal hacia los niños, que estaban bajo una sombrilla a lo lejos:
—¿Crees que se parecen a mí?
Diego pasó saliva con dificultad. Pensó que, de tanto darle vueltas al asunto, su jefe se estaba volviendo loco...
Aunque, para ser honestos, sí tenían cierto aire en la mirada.
Sin embargo, por lo que acababa de observar, la relación entre los niños y Leonardo era sumamente cercana.
¿Cómo iban a ser hijos de Erika?
—Nunca lo conocí de niño, señor —respondió Diego con muchísimo tacto—, pero dudo que sean tan apuestos como usted.
Tras decir esto, él también se quedó mirando a lo lejos. Era cierto que no era tan común ver trillizos, pero a nivel nacional, había muchísimas familias con embarazos múltiples.
Al recordar la segunda prueba de paternidad, Diego seguía sin tener la menor idea de cuál había sido el resultado.
Solo recordaba que, ese día, había escuchado a Valerio destrozar cosas dentro de su oficina...
Si hubiera respondido que sí se parecían, la conversación se habría puesto incómoda.
Y si decía que no, habría contradicho la evidente opinión del abuelo y del nieto, que claramente pensaban lo contrario.
Por su parte, Valerio notó la respuesta evasiva de Diego y decidió no darle más vueltas al asunto.
—Ve a organizar la cena de esta noche —ordenó directamente—. Algo adecuado para niños.
—Sí, señor Ramírez...
Diego no supo por qué, pero alcanzó a percibir cierto tono de tristeza en la voz de su jefe.

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