Y en efecto, María no tardó en ponerse de pie para atenderlo con la mayor amabilidad:
—Mire, joven, tiene que entrar al pasillo principal y seguirse derecho. Justo en donde está un florero grande de vidrio cortado, da vuelta a la izquierda, y ahí mero están.
—Muchas gracias.
Al escucharlo agradecer, Erika dio por sentado que el tipo daría media vuelta y se iría.
Sin despegar los ojos de las brasas, le comentó a su compañera:
—Oye, María, fíjate en este calamar. Siento que lo de en medio todavía está crudo, pero los tentáculos ya casi se queman.
Para su sorpresa, nadie le respondió.
Levantó la mirada y, de golpe, se encontró frente a frente con un hombre de facciones impecables.
Era Ricardo. El sujeto estaba inclinado hacia delante, con la vista fija en la brocheta que ella sostenía.
—¿Eres nueva en esto? Así no se preparan, mira.
Sin darle chanza de reaccionar, Ricardo le quitó la varilla de metal y agarró una silla para sentarse pegadito a ella.
A continuación, agarró unas tijeras de cocina que estaban ahí arrumbadas y le cortó de tajo todas las puntas tostadas al calamar.
Luego, mantuvo la carne en el aire, a unos centímetros del fuego, y la fue girando con pura maestría.
—¿Ya viste? Si los preparas así saben más ricos, nunca los dejes caer encima de la parrilla de metal. Y fíjate bien, el carbón está ardiendo demasiado, bájale a la flama un poquito.
—Entendido —asintió Erika en seco—. Pero usted es uno de los invitados de la fiesta, permítame continuar a mí, por favor.
Con esa respuesta bastante seca, le volvió a quitar la varilla de metal de las manos.
Al hacer el movimiento, Ricardo se fijó en las manos de la joven: eran delgadas, delicadas, con la piel suave y blanca como el marfil.
—A juzgar por sus manos, no me parece que esté acostumbrada a hacer los quehaceres más pesados. ¿Qué la trae trabajando en esto a su edad?
Aunque el tipo había soltado su curiosidad con mucha amabilidad, Erika no le apartó la mirada a la comida.
Detestaba que intentaran hacerle plática así de la nada. Prefirió fingir que no había escuchado y cerró la boca.
Mientras tanto, desde el otro lado del jardín, Valerio había seguido toda la escena.
No le había quitado el ojo de encima a Ricardo desde el maldito momento en que decidió acercarse a donde estaban las brasas.

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