Las empleadas de alrededor se quedaron de piedra. Todos se dieron cuenta de que Valerio le había embarrado la cara de carbón a propósito, pero nadie se atrevió a decir ni pío.
En cuanto el hombre les lanzó una mirada gélida, bajaron la cabeza de inmediato, fingiendo estar muy ocupadas.
Erika, bastante incómoda, intentó quitarse de en medio.
—No te preocupes, ahorita voy a lavarme —dijo ella.
Valerio entrecerró los ojos y sentenció:
—No hace falta, ya quedó limpio. ¿Estás muy cansada?
—No —Erika negó con la cabeza—. Ya casi está lista la comida.
Él asintió y se enderezó.
Antes de alejarse hacia la mesa larga, les clavó otra mirada de advertencia al personal de servicio.
—Oye, Valerio, ¿y Lorena? —preguntó Ricardo apenas lo vio llegar.
Tamborileaba los dedos sobre la mesa al ritmo de la música que sonaba en las bocinas, intentando que la pregunta sonara casual.
Valerio jaló una silla, tomó asiento y se encendió un cigarro. Luego, respondió con desinterés:
—Se metió en problemas. Yo supongo que se fue a esconder al extranjero.
Ricardo dejó de marcar el ritmo y lo miró sorprendido.
—¿Cómo crees? ¡¿Qué fue lo que pasó?!
Con el cigarro entre los labios, la vista de Valerio se desvió de manera inevitable hacia Erika, que seguía en el asador. Contestó en tono oscuro:
—Se metió con la persona equivocada.
Ricardo se sobó la barbilla pensativo y, volteando hacia Isabel, que no paraba de reír con Santiago y Manuel, preguntó en voz baja:
—¿De verdad es tu prima? Jamás la habías mencionado. ¿No será tu nueva conquista? Porque, la verdad sea dicha, andas con gustos muy corrientes, ¿no?
Valerio le dedicó una mirada fría:

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