Sebastián detuvo sus pasos.
—Gracias, Sebastián.
Fueron como pequeñas piedras arrojadas en las aguas tranquilas de su pecho, creando ondas que lo hicieron estremecer.
Él giró la cabeza para mirar hacia la habitación, con una mirada insondable. Pero Valentina ya había bajado la cabeza para limpiarle las manos a Cachito, enseñándole suavemente el nombre de cada dedo.
—Este es el pulgar... el índice... el anular... A ver, ¡que huela mamá!... ¡Mmm, fuchi, qué manitas tan sucias!
—¡Ji, ji, ji! —Cachito se rio a carcajadas y levantó la otra manita, con una enorme sonrisa que le iluminaba la cara—. ¡Mamá, huele!
Toda su atención estaba puesta en el niño, como si la frase de agradecimiento de hace un momento no hubiera salido de sus labios.
Retirando la mirada, Sebastián se dio la vuelta y bajó las escaleras.
Probablemente para no cruzarse con él, Valentina no bajó con Cachito hasta que Sebastián se subió al auto y se marchó de Villa Esmeralda.
El vehículo salió de la propiedad. El sol de la mañana se asomaba por el otro lado de la montaña, y los rayos de luz se colaban entre las ramas de los árboles, esparciéndose a través de las ventanillas.
La nieve acumulada a la orilla del camino ya se había derretido casi por completo.
Frente a los grandes ventanales de la habitación infantil, Cachito jugaba aferrado a los dedos de Valentina. Al levantar la cabeza, se dio cuenta de que ella miraba hacia afuera. Se puso de pie, se acurrucó en sus brazos y siguió la dirección de su mirada.
Sobre la avenida, la tenue luz del amanecer se filtraba entre las ramas desnudas de los árboles mientras un sedán negro se alejaba cada vez más.
A los ojos del niño les brilló la ilusión.
—¡Papá, el auto!
Al escuchar su grito, Valentina volvió en sí con una expresión natural, como si solo hubiera estado mirando al azar.
Tomó a Cachito en brazos y caminó hacia la puerta.
—Cuando terminemos de desayunar, vamos a ir a buscar al tío Mateo.
La ventanilla del auto bajó. Sebastián sacó de la guantera una cajetilla de cigarrillos sin abrir y un encendedor.
Presionó el encendedor y, con un chasquido, brotó una pequeña llama azul.
Los cigarrillos aún estaban buenos y el encendedor todavía funcionaba.
Sacó un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió.
Desde que empezó a cuidar personalmente de Cachito, había pasado más de medio año sin fumar.
El proceso de dejarlo había sido muy natural, no tan imposible como decían los demás.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....