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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 545

Ricardo bajó la mirada para observar con detenimiento a Leticia, quien seguía inmovilizada contra su pecho, con una expresión cada vez más fría y distante.

Adoraba esa expresión.

Se moría de ganas de besarla, pero la presencia de Cachito lo obligó a contenerse.

No era por miedo a que Sebastián Correa le diera una paliza. Podía ser un inmoral frente a Leticia, pero al menos tenía un mínimo de decencia.

Giró la cabeza para mirar a Cachito, que estaba sentado en el sofá con sus piernecitas regordetas cruzadas.

El niño, aferrado a su galleta de dentición, murmuró con su vocecita dulce: —Richi... abrazo.

Leticia, que hasta ese momento seguía forcejeando, se congeló de inmediato.

Richi...

Un recuerdo lejano brotó desde lo más profundo de su memoria.

Cuando Ricardo aún usaba pañales, lloraba y hacía berrinches pidiéndoles a los señores Mendoza que le dieran una hermana mayor. Obviamente, ellos no podían darle una hermana biológica mayor que él, así que la eligieron del orfanato y la llevaron a la familia.

La primera noche que Leticia pasó en la casa, Ricardo se apareció con su pequeña almohada, exigiendo dormir con ella.

No compartían la misma sangre, pero la influencia que ella tenía sobre él era casi instintiva.

Cuando Ricardo era niño, Leticia también lo llamaba «Richi». En aquel entonces, aunque él era muy travieso, siempre obedecía a su hermana mayor.

¿Cuándo fue exactamente que ese niño que la seguía a todas partes llamándola hermana se transformó en un lobo al acecho?

Leticia no quería revivir esos recuerdos. Al notar que Ricardo la seguía observando, deslizó disimuladamente una mano hacia el bolsillo de su bata blanca. Allí llevaba unas tijeras que había tomado del laboratorio antes de salir.

Pero justo cuando sus dedos rozaron el metal, captó por el rabillo del ojo al bebé en el sofá. El pequeño golpeaba el reposabrazos con sus manitas regordetas, luciendo como si apenas supiera sostenerse sentado.

Sus dedos se encogieron. No sacó el arma.

—¿Qué pasa? ¿Olvidaste traer tus herramientas? —El tono de Ricardo sonó tan casual, como si le estuviera preguntando algo cotidiano.

Después de tantos años de dinámica tóxica, los enfrentamientos con armas punzocortantes eran cosa de todos los días para ellos. Varias de las cicatrices en el cuerpo de Ricardo eran obra de Leticia.

Él ya ni se molestaba en registrarla; para él, esos arrebatos violentos eran solo parte del encanto de su retorcida relación.

O al menos así lo veía él.

Su mirada se paseó por el bolsillo de Leticia, deteniéndose en el bulto que formaban los nudillos tensos de su mano.

Capítulo 545 1

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