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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 540

Por su parte, Ricardo, al darse cuenta de todo, ya no sabía ni qué decir.

Estaba molesto porque Sebastián no le había contado sus planes para algo tan grande, y al mismo tiempo le dolía ver a un hombre como él caer de su pedestal.

Pero pensándolo bien, pesaba más el enojo.

Así que le dijo a uno de los oficiales:

—Oficial, ¿no podrían dejarlo encerrado un par de días más?

El policía se quedó paralizado, claramente sorprendido de que un pez gordo como Ricardo hiciera ese tipo de bromas, y con el rostro muy serio respondió:

—Señor Mendoza, actuamos conforme a la ley.

—Cuida a Carlo. Regresaré en un par de días —dijo Sebastián, lanzándole una mirada fulminante.

Ricardo chasqueó la lengua.

—Ya, ya, ya sé que estuvo mal. Fue una broma. Cuidaré al niño, puedes estar tranquilo.

No hacía falta que Sebastián se lo pidiera, de todas formas lo iba a cuidar como si fuera suyo.

Pero no pudo mantenerse serio ni un segundo antes de soltar otro chiste:

—Con aquella vez a principios de año, cuando Nicolás te tendió una trampa, ya es tu segunda visita a la cárcel.

Sebastián lo ignoró por completo.

—Señor Correa, vámonos —dijo el oficial.

Sebastián asintió y comenzó a caminar.

Ricardo observó la espalda de Sebastián alejándose con los oficiales. Sus pasos eran firmes, sin mirar atrás ni una sola vez.

Semejante determinación no podía ser un impulso momentáneo; parecía que, desde el instante en que encubrió a Isabela Campos, ya había tomado su decisión.

Ricardo comprendió algo de pronto. No solo se trataba de motivos egoístas; eso era parte de su integridad personal.

Más que darle una explicación a Valentina o a Mateo Solís —quien había resultado herido por protegerla—, era una forma de rendir cuentas consigo mismo.

Quien comete un delito, se entrega. Era lo correcto.

Con razón Valentina lo había amado tanto en el pasado, al punto de arrodillarse a rezar cada noche pidiendo que recuperara la vista.

Sebastián, en el fondo, era un hombre que valía la pena.

Esa misma mañana, antes de ir a la empresa, Sebastián había abrazado a Cachito y le había susurrado algunas palabras. El pequeño no entendió nada; le dio un beso, se sentó en el sofá y se puso a tomar su biberón tranquilamente.

Ignorante de todo el caos que ocurría en el mundo exterior.

Ricardo murmuró una respuesta.

—Se lo llevaron a Sebastián.

Le acarició la cabeza a Cachito.

—Este amiguito se quedó sin papá por un rato.

Cachito bajó la cabeza, metió la cuchara en el plato lleno de fideos y luego se la acercó a la boca a Ricardo.

Al ver esa masa pegajosa frente a sus narices, Ricardo contuvo las náuseas, tomó la manita del bebé y desvió la cuchara.

—Cómetela tú mejor.

Luego se giró hacia Don Alberto.

—Quería llevar a Cachito a mi casa unos días. Lucas me comentó que últimamente no te has sentido muy bien; podrías aprovechar para tomarte unas vacaciones y descansar.

—No hace falta —se apresuró a decir Don Alberto, poniéndose de pie y alisando su delantal con nerviosismo—. El niño es un ángel, no da problemas. Puedo cuidarlo yo.

Ricardo notó que el hombre mayor tenía los ojos algo enrojecidos, claramente reacio a separarse de Cachito, y lo escuchó decir en voz baja:

—Es igual a la señorita cuando era pequeña, muy tranquilo.

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