Después de limpiarle la carita, Valentina acarició el cabello del niño con suavidad. —Mi bebé, mamá sabe que te has esforzado muchísimo y que ha sido difícil. Hagamos un último esfuerzo, ¿sí? Esta vez, mamá y... tu papá estarán aquí contigo.
Cachito frotó su cabecita contra la palma de Valentina y balbuceó: —Baba... mama...
—Así es, mi campeón.
La vocecita infantil resonó: —...peón.
Valentina soltó una carcajada entre lágrimas, sintiendo cómo el corazón se le derretía por completo.
Afuera de la zona de aislamiento, Sebastián Correa, vestido con una impecable camisa negra, miraba a través del monitor de vigilancia cómo Valentina frotaba con cariño su cabeza contra la de Cachito.
Ella tenía un carácter fuerte y terco, pero su esencia era de pura ternura. Ahora que era madre, esa calidez había aflorado; cada uno de sus movimientos irradiaba una suavidad absoluta.
—¿No vas a entrar? —preguntó Ricardo Mendoza—. ¿Qué chiste tiene verlos a través de una pantalla? Es como rascarse por encima de la ropa. ¡Qué tontería!
Los dedos de Sebastián se detuvieron a centímetros del monitor antes de apagarlo. —Si entro, ella se pondrá de mal humor.
Escuchar unas palabras con tanta autoconciencia salir de la boca de Sebastián tomó a Ricardo desprevenido.
Quedaba claro que Valentina lo había hecho sufrir tanto que por fin empezaba a comportarse como un ser humano común y corriente.
Vio que Sebastián se daba la vuelta. ¿Ya se iba?
Apresuró el paso para seguirlo. Hasta ese momento no había caído en cuenta de que Sebastián se había quitado la bata de paciente.
Ricardo sabía perfectamente lo profundas que eran sus heridas; era imposible que le dieran el alta ese mismo día. Seguramente estaba forzando su cuerpo para ir a encargarse de algún asunto.
—¿A dónde vas? —le preguntó, pisándole los talones. Lucas Ortiz le era leal a muerte, pero no podía controlarlo. Él tenía que vigilarlo.
La mirada de Sebastián se mantuvo gélida. —A tomar un té.
...
En el área privada de un elegante salón de té, Sebastián estaba sentado a solas. En la mesa, el agua de la tetera hervía suavemente y el vapor que se escapaba por la boquilla flotaba hacia la ventana abierta.
Esa misma mañana, justo cuando llegaba a la universidad para una junta, había sido interceptado en el estacionamiento.
Quien le cortó el paso no era otro que Lucas Ortiz, el asistente de Sebastián.
Francisco Figueroa apartó esos recuerdos sin inmutarse, entró al salón privado y tomó asiento lentamente frente a Sebastián.
—Me pregunto cuál es el motivo por el que el señor Correa solicitó verme.
Le deslizaron la taza por la mesa hasta dejarla frente a él.
Sebastián se limitó a decir: —Pruébelo, profesor. Dígame qué le parece.
Figueroa alzó la mirada, observó al hombre frente a él y levantó la taza con serenidad.
Fue en ese instante cuando la voz gélida de Sebastián cortó el aire: —Tengo entendido que usted, hace años, intentó cortejar a la madre de Valentina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....