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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 494

Un Maybach se detuvo. El conductor bajó y, justo cuando se disponía a abrir la puerta trasera, esta fue empujada desde adentro.

Mateo Solís, con su figura alta y estilizada, bajó del auto.

Llevaba un cubrebocas negro y una gorra oscura. El hospital estaba lleno de gente y miradas indiscretas; no quería ser reconocido. Si la prensa amarillista lo captaba, en menos de media hora estarían circulando todo tipo de rumores absurdos.

Al bajar, echó un vistazo casual a su alrededor. Era una mañana tranquila; en la entrada, varios pacientes y familiares iban y venían.

¿Quién podría imaginar que, bajo esa aparente normalidad en la zona de hospitalización, se ocultaban los guardaespaldas de Sebastián Correa, controlando todo el recinto?

Antes había ideado un plan para sacar a Valentina de allí, ya lo tenía todo preparado.

Pero ¿quién iba a imaginar que Cachito seguía con vida?

Y ahora, la situación del niño era delicada; pronto tendría que someterse a un trasplante de médula. Valentina jamás se iría en un momento tan crucial.

Por lo tanto, prefirió hacerse la vista gorda y considerar que esos guardaespaldas, al menos, estaban protegiendo a Valentina y a su hijo.

—Mateo, Isabela Campos ya no puede pronunciar ni una sola palabra —le informó el guardaespaldas que caminaba a su lado.

Mateo asintió con frialdad. El día anterior, después de que Valentina se fuera, Isabela se había quedado en la habitación maldiciéndola con las palabras más venenosas. Así que él ordenó que le administraran un fármaco que le destruyó las cuerdas vocales, dejándola muda.

El destino que sufría Isabela era completamente culpa suya.

Haberle perdonado la vida ya era demasiada piedad.

Al llegar a la habitación de Valentina y ver que no había vigilancia en la puerta, intuyó lo que pasaba. Empujó la puerta y, en efecto, ella no estaba.

Sacó su celular y llamó a Arturo Ramos, quien le confirmó que Valentina había ido a ver al niño.

En la unidad de cuidados intensivos.

Mientras lo veía tomar su leche, Valentina le acariciaba la manita, y su mirada se posó inevitablemente en la ropita que llevaba.

Recordó cuando, a fin de año, Sebastián la mantenía prisionera en Villa Esmeralda. Antes de prenderle fuego a la residencia, mientras esperaba su oportunidad en el ático, había visto varias cajas. Pero en ese momento, su mente solo estaba enfocada en a qué hora regresaría Sebastián, sin prestarle atención a nada más.

Si tan solo hubiera abierto esas cajas, tal vez habría recordado todo mucho antes. Tal vez se habría reunido con su Cachito más pronto.

Pero eso ya no importaba.

Lo único importante era que Cachito estaba vivo y que ya sabía llamarla «mamá».

Cuando la botella se vació por completo y solo se escuchó el sonido de la succión en el aire, Valentina apartó el biberón. Tomó un pañuelo de papel suave de manos de la enfermera y, con infinita delicadeza, le limpió las comisuras de los labios al niño.

Mientras le secaba la mejilla, Cachito cerró los ojitos obedientemente. Esa imagen le derritió el corazón a Valentina, quien no pudo evitar inclinarse y rozar su propia cabeza contra la de él a través del traje de aislamiento.

Cerró los ojos poco a poco, anhelando en silencio que llegara el día en que ya no hubiera una barrera protectora entre ella y su hijo. Quería tocarlo con libertad, darle besos en sus mejillas, abrazarlo con fuerza y acunarlo hasta que se durmiera.

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