Finalmente, al doblar una esquina, su vista se enfocó automáticamente en la persona que buscaba.
Selena no dejaba de mirar a su alrededor, con una expresión de pánico y fastidio evidentes.
Con un tono de voz pésimo, le dijo a la mujer que tenía enfrente:
—Te dije que no vinieras a buscarme, ¡que no vinieras! Si la gente de la familia Torres te descubre, olvídate de que vuelva a tener un día tranquilo en mi vida.
Esperó un par de segundos, pero no obtuvo respuesta.
Selena dirigió una mirada de reproche a la mujer.
Tenía cuarenta y cinco años, pero su rostro estaba cubierto por una capa tan gruesa de maquillaje que era imposible adivinar sus facciones originales, aunque sí se notaba la hinchazón y rigidez del exceso de rellenos estéticos.
Llevaba un costoso vestido ajustado con corsé que realzaba su cintura de avispa y sus caderas prominentes. Su postura era un estudiado intento de formar una S mayúscula con su cuerpo.
Un hombre de mediana edad, vestido de traje, pasó a su lado. Ella le lanzó una mirada coqueta y suspiró con voz melosa y seductora:
—Ay, qué cansancio…
El rostro de Selena se puso rojo como un jitomate maduro. Enojada, tiró de la mujer.
—Estamos en un hospital. ¿Podrías dejar de comportarte como una gata en celo?
La mujer se molestó al instante y le espetó con malicia:
—Parece que ese distinguido y extraordinario señor de la familia Torres no te ha educado muy bien que digamos, para que le hables así a tu propia madre.
«¿Su propia madre?». Karina, que escuchaba a escondidas, enarcó las cejas con asombro.
Recordaba vagamente que, el día que descubrió la extraña relación entre Fabio y Selena, él le había dicho: «Seli no tiene padres ni amigos. Solo tiene veintitrés años, ¿a dónde quieres que vaya?».
Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Karina.
—¿No nos comunicábamos siempre por teléfono? ¿Cómo te atreves a venir de repente al hospital a buscarme?
Selena frunció el ceño con fastidio, mirando a la mujer con impaciencia mientras lanzaba rápidas miradas a su alrededor.

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