Melisa llevaba puesta una pequeña gorra roja y el uniforme del Jardín de la Élite mientras seguía a su maestra hacia el Hospital de la Santa Caridad.
Con su anillo inteligente, llamó a Karina.
—Mamá, ya vine con mi maestra y mis compañeros a ver a Caro. ¿Estás en el hospital?
—Estoy en camino, llego en diez minutos.
—Está bien, mamá. Nos vemos en un rato.
Melisa llevaba en la mano un libro de cuentos en tres dimensiones que le iba a regalar a Caro.
Junto con la profesora Fonseca y sus compañeros, entró en el edificio de hospitalización.
La señorita Fonseca había contactado a Selena con antelación, así que esta ya los esperaba en la entrada del edificio.
Sus ojos recorrieron a los niños, buscando a alguien en particular.
Luego, con una sonrisa radiante, invitó a la señorita Fonseca y a los niños a subir.
—¡Wow, la habitación de Caro es enorme y súper elegante!
—Parece un hotel temático de princesas.
—Qué suerte tiene Caro, hasta cuando está enferma.
Al oír los comentarios de admiración de sus compañeros, Caro sintió una oleada de satisfacción que hacía tiempo no experimentaba.
—Caro, te traje un dibujo que hice para ti. Espero que te recuperes pronto.
—Yo te regalo unos bloques de construcción.
—Y yo una muñeca.
—Yo te traje un vaso.
Cuando le tocó el turno a Melisa, ella le entregó a Caro sus tres libros favoritos de cuentos en tres dimensiones.
Blancanieves, La Sirenita y La Princesa y el Guisante.
Al abrirlos, las escenas cobraban vida como en un teatro.
Los ojos de Caro se iluminaron por un instante, pero enseguida arrojó los libros a un lado.
Agradeció a todos los demás niños, pero ignoró por completo a Melisa.
Melisa le había robado todo su protagonismo, ¿cómo iba a darle las gracias? Eran solo tres libros viejos; no los aceptaría y se aseguraría de que Melisa se los llevara de vuelta.
Selena le señaló a Melisa a Patricia y le susurró:
—Esa es la hija del profesor Solano. Fue ella quien se peleó con Caro en El Cañón de las Luciérnagas, y por eso Caro se fracturó.
Patricia estalló en cólera.
Su Caro era la joya de la familia Torres.
Desde que nació, ni ella ni Boris se habían atrevido a decirle una palabra dura, ni habían permitido que se hiciera un solo rasguño.
Y ahora, esa niña llamada Melisa parecía haber nacido para traerle desgracias a Caro.
Cada vez que se encontraban, algo malo pasaba, y esta vez la había dejado con una fractura…
Al ver el cuerpo pequeño y frágil de Melisa, la ira de Patricia se descontroló como un incendio forestal.
Se acercó, tomó los libros que Melisa había regalado y los tiró a la basura, bufando con desdén:
—¿Cómo te atreves a regalar cualquier porquería? ¿A quién crees que desprecias? ¿Acaso tu padre no te enseñó a respetar a los demás?
—Unos libros viejos. Solo una niña ignorante como tú podría valorarlos. A mi nieta le daría asco hasta tocarlos.
Lo que más temía la señorita Fonseca había sucedido.
Sabía que Caro y Melisa no se llevaban bien, y al principio no quería que Melisa viniera. Pero Melisa había preparado los libros de cuentos.
Eran hermosos y, además, coincidían con los gustos de Caro. Incluso a ella la habían conmovido, y pensó que quizás el regalo podría ayudar a que las niñas hicieran las paces.
Pero nunca imaginó que Caro ignoraría a Melisa y que su abuela la atacaría de esa manera…
La señorita Fonseca puso a Melisa detrás de ella.
—Señora, los regalos entre niños son para compartir lo que les gusta. Si no le agrada el regalo de Melisa, devuélvaselo, pero no hay necesidad de humillarla.
—¿Y por qué solo la humillo a ella y no a los demás? Seguro que ella sabe muy bien por qué.

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