Ignacio ya se había dado cuenta de la presencia de Caro.
Se acercó a ella y le dijo: —¿Qué haces aquí? Cuando vayamos a ver a la Sra. Karina, no te vamos a llevar.
—Pues no me lleven, yo ya tengo mi propia mamá —respondió Caro, molesta.
—¿Te refieres a tu mamá llorona? —se burló Ignacio—. La Sra. Karina es mucho mejor que ella. La Sra. Karina puede fabricar chips y hacer que los carros vuelen. Tu mamá solo sabe decir “lo siento”, llorar y pedirle a tu papá que la proteja. Yo nunca me casaría con una mujer así.
—Es verdad, Caro —añadió Jimena, siguiendo el hilo de Ignacio—. ¡Tú y tu papá tienen muy mal gusto!
—¡Mi papá y yo no tenemos mal gusto! —replicó Caro en voz alta—. ¡Mi tía es muy buena!
Melisa, que no había dicho nada hasta entonces, intervino.
—Caro, dinos, ¿qué tiene de bueno tu tía?
—Ella… ella me consiente en todo, me deja comer lo que yo quiera.
—Sí —respondió Melisa—, y nos mandó a todos al hospital, incluyéndote a ti.
—También me deja usar perfume y maquillaje libremente —continuó Caro.
—Mi mamá dice que imitar todo lo extranjero no es bueno —dijo Jimena—. Y que si los niños se perfuman y se maquillan, la gente dirá que no son decentes.
Caro se quedó sin argumentos.
—Ella… ella también me compra ropa bonita.
—¿Qué tiene de bonita tu ropa? —intervino Ignacio—. Mi mamá dice que no pareces una niña, y mucho menos una heredera de una familia rica.
—¡Ustedes tres están en mi contra!
La cuidadora pareció entender más o menos lo que estaba pasando.
Sin embargo, como era solo una cuidadora y no debía meterse en asuntos ajenos, le aconsejó a Caro que regresara a su habitación.
Por consideración a Karina, Melisa le dijo a Caro con buenas intenciones:
—Ya no puedes seguir haciéndole caso a tu tía. Es llorona, le gusta hacerse la víctima y acusar a los demás… Si sigues así, nadie querrá ser tu amigo.

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