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La Guerra de Karina: Mi Destino es Mío romance Capítulo 156

La mano de Fabio, que agitaba el licor en su vaso, se detuvo. Miró a Sebastián, esperando que continuara con su análisis.

—Piénsenlo bien. Primero, Karina juega a las cartas con la gente del Callejón de los Susurros y gana más de veinte millones. Luego, se muda a Residencial Las Ceibas, y después consigue trabajo en el Consorcio Panamericano. Incluso cuando la detuvo la policía, Diego la sacó de ahí…

—¿Así que conoce a Diego? —exclamó Orlando, agitado.

—Imposible, nunca ha tenido contacto con Diego… —respondió Fabio—. Si tuviera que señalar a alguien, el más sospechoso sería Ariel.

—Tampoco es posible —afirmó Sebastián con seguridad—. He investigado a Ariel dos veces y no tiene ningún antecedente relevante.

—Qué extraño. Entonces, ¿quién demonios está protegiendo a Karina? —se preguntó Orlando, meditabundo.

—De repente recordé algo. La vez que Karina y Ariel fueron a un hotel, mandé a investigar sus registros de consumo. Mi intención era averiguar si habían usado condones, pero la recepcionista dijo algo que en ese momento no me pareció importante, pero ahora suena sospechoso.

—La recepcionista dijo que, por alguna razón, el registro del pago con tarjeta había desaparecido, como si se hubiera borrado automáticamente. No lo podían encontrar.

—Pensé que no quería decírmelo y no insistí, pero ahora que lo pienso, sí que es extraño.

—¿De verdad existe una tarjeta así? —se burló Sebastián—. Si existiera, nosotros lo sabríamos. Simplemente no te lo quisieron decir.

Orlando reflexionó y le dio la razón. Con los contactos que tenían, era imposible que no supieran de la existencia de una tarjeta así.

—Qué raro, ¿quién estará ayudando a esa mujer?

—Es el destino… —murmuró Fabio—. Es el castigo por haberla tratado tan mal.

—Fabio, no digas eso.

Orlando sentía un gran respeto por Fabio; para él, Fabio era más importante que su propio padre.

Ver a Fabio sin su habitual energía y carisma lo preocupaba.

—¿Todavía piensas en Karina? Si quieres, la traigo a la fuerza para que la veas.

—Ni se te ocurra —dijo Fabio con frialdad—. Como si no pudiera vivir sin ella.

—Exacto —intervino Sebastián—. Mujeres sobran en el mundo, ¿qué tanto le piensas?… Mejor sigamos bebiendo.

***

Nueve de la noche, en la entrada principal de Residencial Las Ceibas.

—Busco a mi esposa, vive aquí adentro, ¿por qué no me dejan pasar?

—Aquí no vive ninguna esposa suya, solo un borracho como usted. Si no se va ahora mismo, no seré tan amable —respondió el guardia.

Karina se bajó del taxi y vio a un hombre con un ramo de gardenias forcejeando con los guardias.

Uno insistía en entrar.

Otros dos lo sujetaban para impedírselo.

Adentro, otros cinco o seis guardias esperaban con toletes y bastones antidisturbios, listos para darle una paliza si intentaba entrar por la fuerza.

Karina miró al hombre y reconoció a Fabio. La calidez en sus ojos se desvaneció por completo.

Fabio fue empujado hacia afuera por los guardias.

Perdió el equilibrio y trastabilló unos pasos. Al girarse, vio a Karina.

Por un instante, sus ojos, oscuros y fríos, se iluminaron con un brillo especial.

Señalando a Karina, le dijo a los guardias: —¡Miren! ¡Ella es mi esposa!

El tono del hombre sonaba increíblemente orgulloso.

Si hubiera sido en el pasado, una presentación tan orgullosa por parte de él habría hecho feliz a Karina durante días.

Pero después de haber conocido el lado más despreciable de Fabio, cualquier cosa que hiciera solo le provocaba hastío.

El hombre, envuelto en un fuerte olor a alcohol, se acercó a Karina.

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