Fabio intentó llamar a Karina, pero descubrió que lo había bloqueado.
Dejó a Caro con Belén y bajó las escaleras, marcando frenéticamente el número de Karina una y otra vez.
A veces, cuando Karina dormía, ponía el celular en silencio.
Así que dejó de insistir y le pidió al chofer que lo llevara a Residencial Las Ceibas.
El personal de seguridad no le permitió entrar, por lo que intentó comprarle una casa a Diego.
Al principio, Diego se negó. Fabio le ofreció el doble, luego el triple del precio, y Diego aceptó.
Pero poco después, Diego le informó con pesar que no podía vendérsela.
Diego no era de los que rechazaban dinero. Si no la vendía, era porque el líder del Consorcio Panamericano no se lo permitía.
Ese hombre era una figura misteriosa y Fabio no tenía idea de cuándo pudo haberlo ofendido.
No podía entrar a Residencial Las Ceibas ni comprar una propiedad allí, así que no le quedó más remedio que esperar hasta el amanecer.
Fabio reconoció el carro de Ariel.
Pensando que Karina podría estar con él, se paró en medio de la calle y extendió los brazos para detenerlo.
Ariel frunció el ceño, con una mirada afilada.
Pisó el acelerador a fondo y el coche se lanzó hacia Fabio como una bestia rugiente con las fauces abiertas.
Fabio no se movió.
Estaba seguro de que Ariel frenaría.
Cuando el chirrido ensordecedor de los frenos rompió el silencio, Fabio sintió que el alma se le salía del cuerpo.
El corazón le latía con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir del pecho.
Al caminar, le temblaban las piernas.
Pero el resultado fue decepcionante.
No había ni rastro de Karina en el asiento del copiloto.

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