El coche se detuvo en el estacionamiento subterráneo.
Ariel fue hacia el lado del copiloto, desabrochó el cinturón de Karina y la cargó en brazos hacia el elevador.
Karina seguía repitiendo la misma frase: —¡Me divorcié! ¿Lo sabías, profesor Solano? ¡Me divorcié!
—Ya lo has dicho ochocientas veces —respondió Ariel, resignado.
Para otros, un divorcio podía ser una decisión mutua y sencilla.
Pero para Karina, había sido una lucha a muerte, una batalla sangrienta. Esos dos meses habían sido muy duros para ella.
Ariel no sabía la contraseña del departamento de Karina.
Ella había desactivado el reconocimiento facial hacía tiempo.
No le quedó más remedio que bajarla y probar con cada uno de sus dedos.
Después de cinco intentos fallidos, la cerradura se bloqueó por cinco minutos.
Ariel la volvió a cargar y la llevó a su propio departamento, depositándola con cuidado sobre su cama.
El rostro de Karina estaba sonrojado, sus mejillas pálidas teñidas de un ligero rubor y su cabello desordenado.
Ariel se inclinó para arreglarle los mechones sueltos.
—¿Te sientes mal? —le preguntó en voz baja—. Te traeré agua con miel.
Karina no respondió. Con sus ojos almendrados, lo miró de reojo, con la vista nublada.
El corazón de Ariel, hasta entonces tranquilo, dio un vuelco.
Karina se aferró a su brazo y, de repente, rompió a llorar.
—Mamá... mamita, te extraño tanto. Lo siento, fue mi culpa.
Ariel, confundido con su madre, se quedó un poco perplejo. Pero las lágrimas de Karina no cesaban, y él también sintió un dolor agudo al respirar.
Karina lloró hasta quedarse dormida.
Ariel sabía que necesitaba descansar, así que no la molestó más.
Le quitó los zapatos y los calcetines, y le limpió la cara con un paño húmedo.
Luego, acercó una silla a la cama y se sentó a observarla, con la mirada profunda fija en ella.
Recordó la primera vez que la vio...
***
Debido a una lucha interna en la familia, ocho hombres de su segundo tío lo habían acorralado para matarlo.
Dos de ellos llevaban pistolas.
Él, solo, no se atrevió a arriesgarse y corrió hacia un centro comercial de lujo.
Allí había mucha gente y patrullas de policía.
Por muy descarados que fueran los hombres de su tío, no se atreverían a disparar, lo que aumentaría sus posibilidades de sobrevivir.
Desafortunadamente, antes de llegar al centro comercial, lo alcanzaron en un callejón.
Como estaba cerca de la calle principal, no usaron las armas de fuego, sino cuchillos.
En ese entonces, él apenas tenía diecisiete años. Acababa de dar el estirón y era tan delgado como un bambú. Podía enfrentarse a tres o cuatro hombres, pero no a ocho jóvenes corpulentos y bien entrenados.
Después de diez minutos de lucha, su cuerpo estaba lleno de heridas y yacía en el suelo, incapaz de moverse.
Los cuatro hombres que quedaban en pie se acercaron a él.
Bajo la luz de la luna, parecían parcas frías y aterradoras.
Sintió que esa vez, sin duda, moriría.
El hombre que iba al frente levantó su cuchillo. Justo cuando él cerraba los ojos, resignado, una mochila negra voló desde atrás y golpeó la nuca del atacante.
Una voz femenina, clara y fuerte, gritó: —¡Están matando a alguien! ¡Que alguien llame a la policía!
La curiosidad pudo más que el miedo, y varias personas se asomaron al callejón, solo para huir despavoridas al instante.
Solo esa chica se quedó plantada a la entrada del callejón, con una determinación terca y fría que contrastaba con la multitud que huía aterrorizada.
La luz de la luna era tenue y borrosa, y él no podía verle la cara.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Guerra de Karina: Mi Destino es Mío