Era demasiado delgada. César frunció el ceño. Esa redondez infantil de sus mejillas había desaparecido por completo; ahora estaba tan delgada que era urgente alimentarla bien para que recuperara su peso.
Sus miradas se cruzaron. Eliana, muerta de nervios, giró la cabeza para evitar sus ojos. Pero entonces, el rostro de César se acercó. Con la mano que le quedaba libre, él la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo.
Y la besó.
Eliana quedó petrificada. Su mente se puso en blanco por completo, ni siquiera tuvo tiempo de procesar lo que estaba pasando. No pudo asimilar el tacto frío de los labios de César, ni esa esencia varonil y dominante que le invadió los sentidos.
Un minuto después, César se separó lentamente. Se quedó mirándola, sin decir una sola palabra.
La razón regresó de golpe al cuerpo de Eliana. ¿Eh? ¿Qué acababa de pasar? Sentía que le habían borrado la memoria de los últimos sesenta segundos.
Tragó saliva con dificultad y se puso de pie, fingiendo que tenía la situación bajo control.
Agarró su teléfono, recogió el de César que había caído a un lado, y escaneó el código QR con manos temblorosas.
—Listo —dijo, pasándole el aparato, pero manteniendo la mirada clavada en la pared. Todo, menos mirarlo a él.
César la observó desde abajo, con una media sonrisa en los labios. Estaba sumamente satisfecho con cómo había terminado esa cena. No solo había logrado que lo agregara, sino que tampoco le había lanzado un plato a la cabeza para correrlo de su casa.
Miró la pantalla de su teléfono. El nuevo contacto tenía como foto de perfil una flor de loto, y el bio era "Que tenga una vida en paz".
Chasqueó la lengua. Esta niña, por mucho que fingiera estar bien por fuera, tenía serios traumas emocionales.
—¿Cambiaste de número? —preguntó, frunciendo el ceño, y abrió otro chat.
Ese chat llevaba siete años anclado en la parte superior de su aplicación. La conversación se había detenido el mismo año en que huyó de Valdemar. La foto de perfil tenía una ranita, el mismo avatar que Eliana usaba en su adolescencia.


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