—Los registros muestran que este archivo fue modificado anteayer a las 3:15 de la tarde. Piensa bien: ¿qué estabas haciendo en ese momento?
La practicante frunció el ceño, exprimiendo su memoria al máximo. Unos segundos después, pareció recordar algo y levantó la cabeza de golpe.
—¡Ya me acordé! ¡No estaba en mi escritorio a esa hora!
—¿Por qué no? —presionó Penélope.
—La señora Moreno me pidió que bajara a comprarle un café —explicó apresuradamente—. Como soy nueva, me dio pena decirle que no, así que bajé de inmediato.
La señora Moreno. Solo había una en todo el jurado: Silvia Moreno.
La mirada de Penélope se afiló. —¿Tienes pruebas?
—¡Sí! ¡Claro que sí! —La chica sacó su celular con manos temblorosas—. Aquí está el recibo de la aplicación. Mire la hora: 3:10 p.m.
Con eso, Penélope quedó convencida.
Pero entonces, el técnico intervino, recordando un detalle crucial: —Antes de irte, ¿bloqueaste la pantalla de tu computadora? ¿Cerraste tu sesión?
El rostro de la practicante perdió todo rastro de color.
Dudó un segundo y respondió en un susurro: —No... no me acuerdo bien. Creo que no.
Siempre había sido un poco descuidada con esos detalles, considerándolos insignificantes. Ahora que había provocado semejante desastre, se arrepentía desde el fondo de su alma.
Mientras tanto.
Silvia Moreno se encontraba fuera de la ciudad, asistiendo a un foro de arte.
Durante un receso, estaba en el baño retocándose el labial frente al espejo, con una expresión de absoluta tranquilidad.
Su celular comenzó a vibrar sobre el lavabo.
Al ver el identificador de llamadas, sintió una punzada en el pecho. Un mal presentimiento se apoderó de ella.
Contestó la llamada.
—Señora Moreno, buenas tardes. Nos comunicamos del comité organizador del Concurso Nacional de Arte. Hemos descubierto que una practicante modificó sin autorización la obra de una participante, afectando la equidad del certamen. Queríamos preguntarle si usted estaba al tanto de esta situación.


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