El Maestro Dario le lanzó una mirada de reojo, claramente inmune a sus encantos, pero aun así cedió:
—El nivel de este año es extremadamente alto. Hay tres jueces principales: uno del gremio artístico, uno de los patrocinadores, y otro del Departamento Nacional de las Artes.
Deslizó una carpeta sobre el escritorio hacia ella.
—El concurso tiene tres etapas. Los detalles y la lista del jurado están en los documentos; estúdialos bien.
Justo cuando Eliana iba a agradecerle, el Maestro añadió con aparente desinterés:
—Y no te pongas nerviosa. Eres mi alumna; tu talento habla por sí solo.
Pero antes de que ella pudiera conmoverse, él soltó una advertencia fulminante:
—Pero si no quedas entre los tres primeros, más te vale no decirle a nadie que fuiste mi aprendiz.
—¡Entendido! —respondió Eliana asintiendo con fuerza, con los ojos brillando de entusiasmo.
***
Esa misma noche, Eliana publicó una actualización en sus redes sociales con la frase:
«Nuevos rumbos, nuevos comienzos.»
La foto que acompañaba el texto era la elegante invitación con letras doradas del certamen.
Por supuesto, bloqueó a Manuel para que no pudiera verlo.
Sin embargo, la publicación fue capturada por alguien malintencionado y, poco después, llegó al celular de Esther Garza con un comentario sarcástico:
«Parece que a tu rival le está yendo bastante bien.»
Esther se quedó mirando la pantalla, apretando el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Si su memoria no le fallaba, el principal patrocinador de ese concurso era el Consorcio de Soto.
La familia de Soto. Una dinastía tan poderosa que las familias ricas de Valdemar solo podían admirarlos desde abajo. Eran los verdaderos magnates de élite, el pináculo absoluto del poder económico.



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