Mientras Eliana terminaba su turno en la galería de arte, la pantalla de su celular se iluminó con un mensaje de Manuel Romano: «Mi abuela está muy enferma, tienes que venir de inmediato.»
El tono era tan arrogante como siempre, sonaba a una orden absoluta. Si hubiera sido la Eliana del pasado, habría sentido un nudo en el estómago, habría empacado sus cosas de inmediato y salido corriendo a la mansión de la familia para cuidarla.
La abuela. Ese título siempre había despertado emociones encontradas en ella. Recordaba la primera vez que la conoció, justo después de casarse por el civil. Se sentó con la espalda recta, aterrada de cometer un error. La anciana, sentada en la cabecera de la mesa, la recorrió de arriba abajo con una mirada afilada: "Demasiado flaca. No tiene figura para darnos un buen linaje".
Eliana se había puesto de pie rápidamente, con las palmas sudando frío, pero aun así bajó la mirada con sumisión: "Sí, señora".
Con el tiempo, aprendió a levantarse al alba. Aprendió a prepararle sopas caseras, a hacerle el té perfecto y a memorizar cada una de sus restricciones médicas. Pero sin importar cuánto se esforzara, la anciana siempre le dedicaba una frialdad cortante. No era exactamente cruel, pero jamás estuvo satisfecha con ella.
Recordaba una vez que la abuela se puso mal a mitad de la noche. Eliana condujo de madrugada hasta la mansión y se quedó velando junto a su cama hasta el amanecer. A la mañana siguiente, cuando la anciana abrió los ojos, solo la miró de reojo y murmuró: "Supongo que quedarte toda la noche demuestra que sabes cuál es tu lugar".
El celular vibró de nuevo. Era el segundo mensaje de Manuel: «Desde que despertó, no ha dejado de preguntar por ti.»
Y enseguida llegó el tercero: «Eliana, aunque estés haciendo un berrinche con lo del divorcio, deberías venir a verla. ¿Acaso la abuela te ha tratado mal?»
¿Tratarla mal?
Al poco tiempo de casarse, la anciana la había mandado a llamar a su despacho privado para dejarle las cosas claras: "Ten algo muy presente, muchacha. El hecho de que hayas entrado a la familia Romano es pura suerte tuya. Nosotros no te consideramos digna, pero Manuel te quería, así que se lo permitimos".
Esta vez, sin dudarlo un segundo, Eliana tecleó su respuesta: «No voy a ir.»
Tan pronto como se envió el mensaje, la pantalla mostró «Escribiendo...».
Casi de inmediato, entró una llamada de Manuel.
Eliana no contestó. Dejó que sonara hasta que se cortó sola.
Volvió a sonar.
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