Al terminar de hablar, César mantuvo la vista clavada en el rostro de Eliana y hasta contuvo la respiración por un par de segundos.
Como patriarca de los de Soto, había enfrentado situaciones infinitamente más críticas que esta. Rara vez algo lograba ponerlo nervioso, pero esta vez era diferente.
Sentía que se había expresado con total claridad y que Eliana entendería perfectamente lo que eso significaba.
Sin embargo, también temía que ella sintiera que la estaba presionando demasiado. No le quitaba los ojos de encima, buscando cualquier mínimo rastro de incomodidad o rechazo en sus facciones.
Mientras tanto, en la mente de Eliana solo resonaban las palabras "conocer a la familia". El corazón le latía tan rápido que parecía querer salirse de su pecho. No esperaba que llegara el momento de conocer a la familia tan pronto.
Después de todo, ella y César ni siquiera habían formalizado su relación.
Don de Soto, el Abuelo, era el verdadero pilar de la familia, el hombre que había consolidado el liderazgo de los de Soto en Portugal.
¿Pero cómo la presentaría César?
—¿Crees que sea buena idea que yo vaya a ver a tu abuelo? —preguntó Eliana, nerviosa, apretando el borde de su ropa.
—No tiene nada de malo —César se levantó y caminó hacia ella con una mirada profunda—. El abuelo siempre ha sabido que, durante los años que viví en Valdemar, la familia vecina me cuidó mucho. Hace tiempo que quería conocerlos para agradecerles en persona. Qué lástima que el señor Lamas y la señora Celina ya no estén.
Al llegar a ese punto, César soltó un suspiro, y una sombra de profundo y genuino dolor cruzó por sus ojos.
Así que la presentaría como la chica vecina... Eliana soltó el aire retenido, pero al mismo tiempo sintió una extraña pesadez en el pecho.
César, pareciendo leer su decepción, se inclinó de repente hacia ella. Su cálido aliento rozó su oreja:
—Le diré al abuelo que estoy intentando conquistarte —murmuró, observándola atentamente para ver su reacción.

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